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Los secuestradores no hablan mixteco... el hombre que cruzó la frontera

Foto(s): Cortesía
Redacción

Sin ninguna referencia del día y de la noche, perdió la noción del tiempo. Ocasionalmente una luz se encendía y le daban algo de comida.


En algún momento lo condujeron a otra habitación y uno de los secuestradores le aseguró que llamaría a uno de sus hermanos para decirle que estaban en Indio, California (aunque no habían salido de Mexicali), y que tendría que enviar dinero para que lo dejaran libre.


Cuando el secuestrador colgó el teléfono, su hermano devolvió la llamada al celular de Juan (desde el que le habían llamado) para hablar con él y confirmar que todo aquello era cierto. Juan respondió y, en español, dijo que enviara el dinero; acto seguido comenzó a hablar en mixteco. Lo hizo así porque ya se ha dicho que su español es limitado, y también porque el miedo lo llevó a pensar que podría contar lo que verdaderamente estaba pasando.


Tan pronto pronunció las primeras palabras en mixteco, los secuestradores le arrebataron el teléfono y comenzaron a golpearlo. “Me patearon la nariz, la boca, el estómago. Todo el cuerpo. Me desmayé no sé por cuánto tiempo y no sabía que había pasado cuando desperté pues… Sentí más miedo”.


Después de la golpiza lo llevaron de nuevo al cuarto que compartía con aquel hombre con el que nunca habló. Y lo ataron. Pasado un tiempo –Juan no puede precisar cuánto–, los secuestradores volvieron con el teléfono para llamar de nuevo a su hermano. Esta vez bajo la amenaza de matarlo si no enviaban el dinero que pedían como rescate.


En total, los hermanos de Juan consiguieron reunir 9,000 dólares que depositaron a los secuestradores en un espacio de tres días. En ese lapso, lastimaron a Juan con mayor frecuencia. Creyendo que no saldría de ahí, Juan recordó que fue la angustia por conseguir un trabajo lo que lo animó para salir de Cochoapa. Esa angustia, ahora, se había traducido en el pensamiento de no volver a ver a su esposa y a sus hijos.


Juan cree recordar que pasaron otros tres días. En ese lapso, los sonidos que provenían fuera de la habitación donde estaba encerrado comenzaron a espaciarse cada vez más hasta volverse, incluso, un silencio total. Para entonces ya no sabía si eso era mejor o peor. Repentinamente el ruido volvió. Gritos y estruendo de golpes de puertas; Juan y su compañero de encierro se sobresaltaron.


 


**Fragmento del capítulo La deuda de los 9000 dólares, del libro Los doce mexicanos más pobres. Salvador Frausto (coordinador). 

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