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Las moscas

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Foto(s): Cortesía
Redacción

       Samantha Ríos                                  

 

                                         Solo una cosa es clara: que la carne se llena de gusanos.” 

                                         Nicanor Parra

 

Detrás del árbol de higos, centré la mirada al suelo. Supe que estaba muerto porque las hormigas no tardaron en poblarle las plumas. Recién lo vi y mi corazón se encogió haciéndose un nudo. Noté su ausencia cuando un hilo de luz entró desde las grietas de las tejas, llenando de sudor mi frente y parte del cuello. Despertar diez para las cinco era ya una costumbre; me permitía ver el sol nacer desde el cerro camino a Zacapu, pero no hoy, no desde aquí. El último gallo, el más colorado de los tantos que mi madre dejó a mi cuidado antes de morir. No llevaba la cuenta de los días que habían pasado; estuve en cama, recuperando mi cuerpo, no sentía ganas de comer. 

Margarita, mi madre, llenó la casa de gallos, perros y demás animales que dejaban en la puerta o encontraba vagando por la calle. Su primer cacaraqueo nos daba la hora para despertar, y así conducirnos a tomar el tramo desde el Malpaís prieto hasta Zacapu. Llegando al pueblo ella tendía un edredón al suelo en la central de autobuses. Apilando figuras de santos, inciensos, velas y lecturas de novenarios, para después llenar bolsitas con hierbas curativas. Yo recorría las calles vendiendo periódicos. Los licenciados, maestros y médicos del hospital principal eran mis clientes. Aunque prefería el encuentro con los comerciantes y boleros del mercado Morelos, ellos me explicaban las noticias y cómo iba la tirada sin tantas vueltas. Todos los días llegaban así, esa fue nuestra vida durante más de treinta años.

Con el cacaraqueo de los gallos. Así era como medíamos el tiempo. Ella decía que los gallos eran sabios, que anunciaban cuando se acercaba una tragedia; podían sentir la presencia de los muertos. A mi madre eso le causaba terror. Cuando cacaraqueaban a deshoras, tomaba las cuentas de un rosario y al filo de la cama se arrodillaba para rogarle a San Nicolás que no se asomara la muerte por aquí. Ese tema rondaba por sus conversaciones constantemente, tanto, que se me atravesaban sus palabras entre sueños, escuchaba a los gallos hacer ruidos, el revoloteo de sus alas; los sentía sobrevolar mi cabeza, para aterrizar en la mesa y la cama. Me despertaba asustado sólo para darme cuenta de que nada era real. 

Lo recuerdo con claridad. El día que ella se fue, entre la oscuridad, los gallos pataleaban y solo brillaban sus ojos de bolita. Desorbitados, alborotados, girando por todas partes, como siguiendo sombras que sólo ellos veían. No dejaban de gritar, y digo gritar porque aquel sonido era distinto. Un lamento, un chillido de dolor que entraba y resonaba en las paredes de nuestra casa para quedarse tiritando dentro, gritos que por un momento confundí con los quejidos de mi madre, gritos similares a los que escuchaba en mis sueños. Doña Mago, aquí en la villa todos la conocían. Mucha gente del pueblo decía que mi madre andaba en otro lugar, que desvariaba por contar una y otra vez las mismas historias. 

Villa Jiménez es un pueblo elevado entre grandes cerros empedrados; las casas están amontonadas y van dando forma al pueblo una tras otra. Sus calles inclinadas hacen difícil el acceso a los camiones y carretas con garbanzo. La gente aquí anda despacio, cuidando cada paso para no tropezar y terminar tres calles abajo. El viento baja desde la cienega, no tiene donde detenerse, luego llegan las lluvias, la tierra se desmorona enlodando los caminos y caen rodando grandes piedras, golpeando lo que encuentran a su paso. Para llegar a la parada, debo bajar casi corriendo, pues el primer camión que pasa no me cobra el pasaje. Tomo mi sombrero y salgo de casa con una sensación que me va aplastando el pecho. —Ahora sí, ya me quedé solo-. Giré la mirada y vi el camión dar vuelta en la curva. Corrí por la inclinada calle, llegando al Panteón Municipal. Tomé algunos segundos para asomarme por la puerta principal, me quité el sombrero y con mis ojos, busqué la tumba de mi madre. Casi al fondo, debajo del capulín, allí estaba. —Mi Maguito, cómo te tengo, ninguna flor, ninguna cruz, ni siquiera tu nombre. Te prometo que si hoy vendo algo, te traigo dos claveles rojos —susurré mientras secaba mis lágrimas y elevaba mi frente en dirección al sol. Sombras grises y nubes negras cubrían gran parte del cielo. Por un momento olvidé todo, sollozando me abracé a los barrotes.

A lo lejos escuché el camión aproximarse. Agarré mi sombrero y corrí para tratar de alcanzarlo; tropecé y la suela de mi zapato salió volando, dejando asomar mis dedos. La gente chiflaba y levantaban los brazos, hasta que el camión se detuvo. —Otra vez tú Aristeo, la próxima vez te voy a cobrar. Nada más haces a uno perder el tiempo

No viste que me caí —respondí. 

Subí y caminé buscando un asiento. Al fondo, vi una niña cargando su canasta con dulces y churros. Iba sola. —Está haciendo frío ¿verdad, hija? —pregunté. Ella solo me miró, tapó su nariz y escondió su carita detrás de sus largas trenzas. Se levantó y cambió de asiento. Conforme más pasan los años, siento que por dentro se va descomponiendo mi cuerpo, y un olor rancio se sale por cada uno de mis poros. Me da vergüenza acercarme demasiado a la gente. Aunque no sé si a todos les pase esto, hay gente a mi edad que huele muy bien. Miré por la ventana, allí comenzó todo. El día se tornó distinto, el ambiente, todo se miraba triste y deshabitado. Llegando al entronque con el camino viejo, encontré en cielo el origen de las serpientes que vi desde el panteón; reconocí los espirales de humo dando vueltas arriba de los cerros. Brinqué de mi asiento y me acerqué al chofer:

Oiga, ¿usted sabe qué es eso?

El fuego, Aristeo, qué más.

—¿Son los espinos? 

Sí; con hoy ya son tres días que está en llamas. Ya ve, siéntate.

Regresé a mi lugar. Dentro de mi cabeza resonó la voz de mi madre, y con ella, imágenes de mi infancia. Como la primera vez que me llevó a conocer el agua de los espinos: —No metas la mano, que te llevan los demonios. El agua se traga todo lo que le cae. — ¿Tú los has visto? Le pregunté. —Ni modo que no, y los he escuchado también. Por eso tanta gente se ahoga aquí. Nunca vengas solo.” A veces olvido escenas que viví cuando niño. Otras, olvido momentos de mi día a día, o los confundo. Pero me basta con prestar atención a mi oído, cuando escucho una voz familiar, una canción o el sonido de algún animal, a mi gusto cuando pruebo el pan y el té de limón, o a mi vista cuando estoy frente a algo ya conocido. Como si pudiera sentir y regresar a aquellos días. Llegando a Zacapu me dirigí al puesto de revistas

¿Tiene la voz? 

Llegas tarde, sólo quedan cuatro de ayer.

¡No te queda ni uno!

No grites, Aristeo. Llévate esos.

Cogí los periódicos y salí del lugar. Caminé hasta llegar a la entrada del Mercado Morelos. Allí siempre hay venta. Cada que voy, reparto la mitad de los periódicos que traigo a los clientes de los boleros. Pero esta vez, estaba vacío. 

Aristeo, ven pa’ acá. —Grita Cantarita, mientras se levanta de su banco, dejando caer una chapata mordida entre los cepillos y los botes de grasa para los zapatos.

La voz, la voz. 

Esto no sirve más que para envolver frijol, Aristeo.

Hoy no hubo, no vendieron. 

Que mentiroso eres jijo, de seguro llegaste bien tarde.

Comenzó a llover. Los comerciantes recogieron los pocos puestos que quedaban en el estacionamiento. Ayudé a Cantarita a tapar su cajón y me dio ocho pesos. Pero me quedaban aún los cuatro periódicos de ayer, con ocho para el regreso no me iba a alcanzar.

¿Te gusta el chupe, Aristeo?, vente, no te quedes aquí. Cantarita me llevó a "La Popeye", una pequeña cantina con habitaciones en el segundo piso, que está rumbo al templo de Santa Ana. Lleva funcionando más de cuarenta años. La rocola toca todo el día y de las paredes cuelgan cuadros de mujeres con abrigos de leopardo y cabellos güeros. Al fondo, un altar de la Virgen de Guadalupe con flores y ofrendas ilumina gran parte de la cantina, con dos luces amarillas puestas en su base… allí trabaja Higinio, quien en su tiempo fuera conocido de mi madre.

Cantaras, que milagro. Y hasta te trajiste al de La Voz. Siéntense.

Higinio acercó semillas de girasol, dos tragos de mezcal y se sentó con nosotros. Agarré las semillas, pero los pedazos de cascara se quedaban metidos entre los agujeros de mis dientes. Probé el mezcal, y un dolor se prendió al interior de mi boca y estómago.

 —¿Si habías probado el mezcal? Pregunta Cantarita

Mira nomas, como mueve la boca, le tiemblan los dientes.

Ellos se burlaban de mí; yo lo sentí.

No es que me tiemblen, Ginio, me duelen las muelas.  

Y por qué no vas a que te revisen Aristeo, o sácatelas con unas pinzas, pa’ que no estés sufriendo. Un compadre mío así le hizo.

El ardor subía y sentía que los ojos se me iban a salir. Pero el mezcal era sabroso, y debía aprovechar la invitación a tomar con ellos. No tengo muchos amigos. 

A ver, Aristeo, pásame uno…

Pero si lo vas a leer, Higinio, me lo tienes que pagar.

Ya ándale, échamelo.

Léelo bien, yo quiero escuchar.

Pero si tú los vendes ¿qué no sabes leer? 

Qué te importa, pues.

Ta bueno. Aquí dice: devastación ecológica, el auge del aguacate… y su relación con el crimen organizado. Grandes daños al medio ambiente… enmarcan su cultivo en Michoacán" "Cientos de municipios de México, con agua potable contaminada"…"México exige vivir en paz"

Acá por la villa y salida Salamanca están prendidos los cerros, Ginio. Dijo Cantarita.

Yo también vi eso. Cuando venía para acá, se veía un humaderal.

Está fea la situación. No se sabe hasta cuando estos cabrones van a dejar de hacer negocio con lo que no es suyo.

Higinio acercó dos tragos de mezcal más, luego tres, y así pasaron las horas hasta que se hizo de noche. La rocola sonaba; y la gente se dejaba entre las risas, el humo y la música. "Ya lo ves como el destino todo cobra y nada olvida, ya lo ves cómo un cariño nos arrastra y nos humilla, ¡qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede!". Tenía en la mano un último trago. Apenas podía apoyar mi cuerpo en la mesa y sentí mucho sueño. Higinio se burlaba de mí, y se le hinchaba la cara mientras se susurraba con Cantarita. 

Ya tienes rato burlándote de mí, Ginio. Yo mejor me voy. 

De que hablas hombre, espérate. Además, está lloviendo. Ya ni camiones hay, quédate aquí. Haya arriba hay cuartos. 

Ni que fuera caridad.

Agarré el puño de periódicos y salí del lugar. Caminé en dirección a la laguna. Las luces de las casas estaban apagadas. El alumbrado de las calles estaba encendido hasta la mitad y no alcazaba a ver mas que el reflejo de la luna brillante entre el agua. Me senté en la esquina y cerré mis ojos. Después de un rato, alcancé a escuchar el chillido de un montón de puercos. Como pude, me levanté y me acerqué. Era un hombre en compañía de su esposa y su niño en brazos. Pensé en pedirles un aventón, no podía pasar la noche aquí, me sentía mareado y no dejaba de llover. 

No te vayas a parar. Déjalo allí. 

Buenas, señor pregunté. Para qué rumbo van. 

Vamos a Caurio de Guadalupe, súbete atrás. Nomas que traigo puercos. Allí acomódate. 

Tu nunca vas a entender, hasta que nos saquen un susto otra vez. 

Mujer, no ves como viene de ahogado. Además, yo lo conozco, es el hijo de Doña Mago, ¿te acuerdas? 

¿La que hablaba con los perros? 

Ándale, esa mera. 

Como pude me subí a la camioneta y me pare en una esquina. Cuando el camión se puso en marcha, sentí un tremendo miedo al ver los ojos amarillos de los puercos, sus pesuñas llenas de puntos blancos, manojos de gusanos retorciéndose entre el estiércol. Todos chocaban y se revolcaban en la suciedad. Sentí cada una de sus miradas y sabía que no era bienvenido. Trate de no molestarlos y quedarme quieto. Avanzamos y más se sentía el frio, la luna iba subiendo y las estrellas se metían entre las nubes, nubes grises, nubes negras. Remolinos de humo daban vueltas, y una luz colorada se asomaba desde la punta del cerro. Me levante para ver los arboles ardiendo, el calor era más intenso. De pronto, un coyote se atravesó por la carretera, de no abrir bien los ojos, pensaría que era un perro. Estaba pelón y cenizo, cubierto de yagas, clarito vi como salía humo de los pocos pelos que le quedaban. Los puercos corrían asustados, y con sus patas me golpeaban y jalaban mi ropa, uno de ellos mordió mis pies y manos, sentía que me arrancaría la piel. El olor a orina y el humo era tan fuerte que sentí mareos, reflujo subiendo, y el mezcal gorgoreándome en la garganta. Después de algunos minutos, todo se calmó, alcance a ver un letrero: “BIENVENIDOS A VILLA JIMENEZ: HIJOS AUSENTES” 

Puede bajarme, ya desde aquí me voy caminando. Acomodaba mi ropa mientras gritaba al chofer. Se detuvo en la entrada de la villa y abrió las puertas de la camioneta. 

Mira nomas cómo te dejaron los puercos. Todo mordido

No es su culpa, yo fui el que estaba demás allí 

Te ruñeron todos los periódicos. Eso ya no sirve.

Gracias jefe por traerme hasta acá.

Pegué un brinco y con lentitud subí la calle en dirección a mi casa. Minutos después, y faltando tres cuadras para llegar, escuché un susurro a lo lejos. Mientras más me acercaba, noté que era la voz frágil de una mujer. Venía desde una ventana, desde un árbol, un callejón; al girar mi cabeza la escuche detrás. Parecía que esta voz rebotaba en las paredes de las casas, estaba confundido. Un temblor sacudió mi cuerpo, y decidí marcharme por miedo. Pero me detuve cuando escuché:—Aristeo—

Desesperado, apresuré mi paso, ahora solo lograba escuchar mis jadeos y el sonido de los truenos reventando los árboles de la cienega. Pasé junto a las puertas del Panteón Municipal, escuché que la voz venia desde el fondo. Moví mis ojos para tratar de encontrar alguna luz; el origen de aquella voz que volaba entre los estrechos pasillos de las tumbas. —¿Me llamas a mí? ¿Cómo me miraste que andaba aquí? — acercándome cada vez mas a los barrotes de la entrada principal, grite buscando una respuesta. 

Aristeo, sácame de aquí. 

Era la voz de mi madre, pero no era la voz dulce que yo recordaba, aquella voz era borrosa, ronca, como si viniera desde la misma humedad de la tierra. Salí corriendo en diferentes direcciones, no recordaba siquiera que camino tomar. Todo se miraba lento, me vibraban las orejas y una presión subía desde el cuello hasta la nuca, aplastando mi cabeza. No pude contener el llanto, rogándole a Dios, abriera mis ojos para ver todo claro, saber distinguir la realidad, y no sentir que me estoy volviendo loco. Caminé mucho tiempo y di vuelta por las mismas calles hasta encontrar la puerta de mi casa. Con la ropa llena de estiércol y humedad por la lluvia, tendí mi cuerpo boca abajo, hasta que me fui quedando dormido. Fue entonces que vi las grandes rocas del Malpaís, y un camino trazado por el andar de la gente. Al final del tramo, vi a mi madre recoger hojas de zapote y ruda, llevaba puesto su reboso azul y su cabello peinado con dos pinzas doradadas. Un coyote se acerco donde estaba ella, olfateaba sus faldas y le hurgaba con la nariz. Ella siempre tuvo esa facilidad para atraer a los animales —Hacía muchos años que no sentía tanta calma, madre mía—ella me miró y mientras sostenía mi mano, respondió—Hijo, yo te entregué mis ojos, mi sangre, mis manos ¿Me vas a dejar aquí? Aristeo—

Su voz se tornó distinta cuando pronunció mi nombre, sus manos se veían más arrugadas y sus ojos apagados, completamente negros. El color de su falda se pintó de gris, y el coyote dejo ver yagas brillantes por todo su cuerpo. El calor abrazador envolvió los árboles y nos encontramos en medio de las llamas, su cuerpo y sus manos se derretían, dejando ver una calavera detrás de su reboso. Era de mañana, o tarde, y un escalofrió me despertó. Aunque después de todo, no sé si lo que viví fue real, un recuerdo o parte de un sueño. Abrí un ojo, guardé la calma y llené mis pulmones con un suspiro. Sentí cosquillas en las orejas y zumbidos cada vez más fuertes, un montón de moscas rondaban mi cuerpo. Observé bien como rozaban mis dedos y lamían las gotas de mi sudor; buitres cuidando la carne—estas moscas son azules— y bien sé la diferencia entre las moscas negras, y esas que aparecen cuando yace un perro muerto a la orilla de la carretera. ¡Pero yo no estoy muerto!

Me levanté como pude y tiré los palos que cubren la entrada de mi casa, bajé corriendo por la inclinada calle, sentía la planta de mis pies caliente, dolorida y las uñas lastimando cada uno de mis dedos. Las moscas me seguían, y el zumbido chirriante de sus alas subía de volumen, hasta llegar a la plaza central del pueblo, me perdí entre la multitud. Todos celebraban y sus carcajadas se confundían con el zumbido de las moscas hasta hacerme perder la orientación, mi corazón se aceleraba al ver las máscaras de colores, los diablos colmilludos bailando al ritmo de una canción repetitiva, charros de la muerte con su riata golpeando el suelo y levantando el polvo; bufones y payasos brincaban sin dirección. Todo parecía un circo, y ellos sabían lo que me estaba pasando. Se burlaban y disfrutaban la desesperación de mi sentir. De pronto, noté la mirada fija del Monarca, ese Monarca alto, danzante y pegando de brincos, moviendo por el aire su ramo de flores. Tapé mis ojos, el monarca me sostuvo del brazo:

Aristeo ¡qué te pasa! —

Ayúdame Juvenal, ayúdame. No sé qué hacer, no ves que me están mirando, ¡las máscaras, diablos, niños!

Aristeo, estamos en Carnaval, ¿Qué no te acuerdas? hoy es la fiesta de San Nicolás de Tolentino— 

—Las moscas Juvenal, las moscas

El Monarca se dio la vuelta, saltando en un solo pie y agitando sus manos, los danzantes cargaban en sus hombros la imagen de San Nicolás dentro de una caja de madera, los fieles y devotos se acercaban para rozar pañuelos y servilletas, nadie paraba de bailar. Sabía que tenía que dejar ese lugar, irme lejos y esconderme del ruido, de las risas, los zumbidos y las voces. Encontrar un espacio para el silencio. Recordé una historia que mi madre me contó sobre la Preña del Brinco a las afueras de la villa, más allá de la cienega, más allá del Mal País. 

Di un paso tras otro, el calor del sol quemaba mis ojos, y después solo se volvió pequeña luz naranja, dando paso al frío de la luna. El zumbido de las moscas se iba quedando entre el camino, dejando a lo lejos sólo el cantar de los grillos. Frente a mí, una enorme roca con dos huecos gigantes se dejó ver, me escondí en una de las oscuras cuevas, adentrándome entre la maleza. El sonido del viento revotaba en las paredes frías de las piedras, dejando todo en silencio. Debí saberlo, el ultimo cacaraqueo paso hace meses. Perdí la noción de cómo transcurre el tiempo. 



 

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