Esta historia no es una leyenda, esto sí fue real, aunque nadie "comía muertos". Era en la década del 40 cuando un enterrador de cadáveres vio una "oportunidad" para sacarle provecho a la Muerte.
El siniestro hombre en cuestión asistía a los entierros de familia pudientes de la época en el Cementerio General de Guayaquil en Ecuador. En ese entonces los fallecidos que habían gozado de una buena posición económica eran sepultados con sus mejores ropas, zapatos y joyas.
Después de pasado un tiempo o quizá incluso en la misma noche, el Come Muertos desenterraba los cadáveres para hurtar los objetos de valor del difunto. Anillos, vestidos elegantes, cadenas y hasta dientes de oro eran sustraídas de los ataúdes.
En una ciudad donde entonces había pocos habitantes, con relación a la actualidad, resultó cuestión de tiempo descubrir que los objetos robados habían ‘vuelto a la vida’.
Los familiares de los difuntos asaltados empezaron a notar que las pertenencias de sus parientes de pronto estaban a la venta en locales del centro porteño.
No hizo falta justicia divina para este caso, pues la acción fue sancionada en esta vida. Luego de las denuncias presentadas por propietarios de las tumbas profanadas, las autoridades detuvieron al Come Muertos, así como a sus cómplices.
La historia
Anillos, vestidos elegantes, cadenas y hasta dientes de oro. Eran de los objetos más comunes que este siniestro hombre sustraía de las tumbas del Cementerio General de Guayaquil, en Ecuador. Eran el año 1941.
Don Roberto era uno de los hombres más acaudalados de la ciudad de Guayaquil, hace varios años, quizá quince o veinte. Pese a su buena posición económica, el pobre no había podido hacer nada por salvar a su padre, que hacía mucho que padecía del corazón y sentía que estaba muriéndose.
Con gran dolor, la familia veló al anciano y tal como había sido su última voluntad, lo hicieron enterrar con el costoso anillo de oro que siempre había llevado en vida.
Fue por eso que días después, se quedó estupefacto al pasar por una casa de empeños y ver que la misma joya se encontraba expuesta en el escaparate, como si nunca la hubieran puesto en la tumba.
—No puede ser —murmuró Roberto, ingresando de inmediato para asegurarse de lo que sus ojos veían.
El anillo era de oro puro y llevaba grabadas las iniciales de su padre. No cabía duda, era el mismo.
Pálido, salió de la tienda ignorando al vendedor que se lo había mostrado minutos antes. Se sentía enojado y confundido.
Poco tiempo después doña Adriana, otra mujer de la clase alta, se llevó un susto similar tras haberse enfrentado a la muerte repentina de su hija.
La pobre muchacha había fallecido en un accidente, pocos días antes de su vida, dejando a sus seres queridos destrozados.
Por eso la habían enterrado con el vestido de novia que tanto había querido usar para ese momento esperado. Una prenda fina, llena de encajes franceses y por la que habían pagado una pequeña fortuna.
Apenas un par de días después del entierro, doña Adriana pasó por otro local del centro, cerca de la casa de empeños y palideció. El vestido de su hija se hallaba a la venta. No le cabía ninguna duda de que se trataba del mismo.
Durante los meses sucesivos, varios miembros de la clase acaudalada de Guayaquil se llevaron desagradables sorpresas, al corroborar que las pertenencias con las que habían enterrado a sus difuntos, aparecían inexplicablemente en las tiendas del centro, a la venta y para colmo, malbaratadas. Tenía que haber una explicación para tan macabras coincidencias.
¿Es qué los muertos se habían levantado de su tumba? ¿O alguien se había atrevido a interrumpir su descanso?
Rápidamente, las demandas contra el cementerio se acumularon hasta que a las autoridades no les quedó más remedio que investigar.
Descubren al autor de robos
Y entonces, una noche lúgubre dieron con el culpable: se trataba de un hombre sin escrúpulos, de apariencia siniestra, que aprovechaba la oscuridad para desenterrar a los difuntos y profanar sus tumbas. Obviamente, solo lo hacía con las más caras y lujosas.
Los objetos como joyas, relojes y prendas que sustraía, los vendía a los comerciantes del centro para que pudieran rematarlas en sus tiendas, sin que sospecharan del oscuro origen de aquellas mercancías. O quizá, preferían hacerse de la vista gorda.
El come muerto, como bautizaron los medios a aquel individuo, fue debidamente arrestado y encarcelado.
Historia basada en un hecho real
César Burgos, escritor y maestro de Literatura, escribió sobre que cuando era niño, su madre le contó sobre la historia del Come Muertos en el puerto principal. "Luego la leí en las amarillentas páginas de El Telégrafo, del 25 de marzo de 1941".
Relata que el hecho salió a la luz cuando guayaquileños de alta posición económica se percataron que las pertenencias que sus parientes portaban al momento de su entierro estaban a la venta en locales del centro de la ciudad.
Por ejemplo, relata, "un caballero vio que el valioso anillo con el que fue sepultado su padre estaba en venta en una joyería. Así mismo, una señora se admiró al ver colgado en una casa de compraventa el vestido de novia que le puso a la hija para el velatorio y con el que la sepultó".
Esas denuncias inquietaron a la Policía hasta que hicieron un operativo, y el Come Muertos fue encarcelado. También su familia, que se encargaba de limpiar los objetos y comercializarlos.



