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Una caja y cuatro velas

Foto(s): Cortesía
Redacción

La conversación continuó en la mesa.


—Cuando ese día llegue, compra la caja más barata y cuatro velas. El dinero que traiga la gente, guárdalo, no lo uses en esa tontería del novenario de rezos y el cabo de año. Yo me encargo de hacerles saber allá arriba que me tengo bien ganada la gloria, después de tantos años de malvivir esperando a que se acordaran de nosotros.


—¡No reniegues! Y menos en la mesa, que aunque tortilla con sal y agua, Dios no nos abandona.


—Hace rato que para seguir, a mí ya no me alcanza ni la fe, mujer.


Ella no le rebatió.


—Después del entierro, vende este terreno y vete a casa de alguna de tus hermanas. A ella entrégale las tres cuartas partes del producto de la venta…


—¡Las tres cuartas partes!


—Sí, que sepan que después de eso te quedas con apenas nada para cualquier necesidad. Así no te tomarán por una arrimada. Y procura que mucha gente se entere del trato. Pregúntale a la hermana que tenga a bien recibirte, si puedes llevar contigo al perro. Así no tendrías que abandonarlo a su suerte.


—Ese animal dañino. ¿Quién me aceptaría con él? Y de hacerlo nos corren el mismo día. Ahora que, pensándolo bien, con el genio que me cargo es más probable que decidan quedarse al perro y me corran a mí —dijo, echándose a reír de forma tan contagiosa que rieron por un buen rato los dos—. ¿Por qué me dices estas cosas? —preguntó ya recuperada.


—Estamos viejos. Tenemos que pensar con la cabeza fría. No tardo en morirme o, peor aún, en ser una carga. Creímos que nuestra hija cuidaría de nosotros y mira: allá arriba, donde todavía confías que nos procuran, decidieron llevársela antes.


—Él sabe por qué hace las cosas y cuándo. No me gusta escucharte hablar como si desearas morir.


—En mi situación, el deseo y el presentimiento son la misma cosa. Lo que más me preocupa ahora es que tú te vayas a enfermar de algo grave y no sepamos ni qué hacer, y desde este lugar resultará más difícil todavía si te quedas sola. Por eso quiero que te vayas al pueblo con alguna de tus hermanas.


—Tú lo que andas buscando es deshacerte de mí de una vez para buscarte otra.


—Una que no se queje de mi perro —completó con seriedad, el índice levantado. Después, apartó el plato y se incorporó.


—¿A dónde vas?


—A frotarme un poco de alcohol en los pies y recostarme un rato.


Sentado en el borde de la cama, el anciano entrecerró los ojos y examinó otra vez el calzado. Con la sandalia en la mano, el pie descalzo en puntillas, fue a levantar la tela que cubría la ventana. En la calle, su mujer buscaba afanosa en el suelo, cerca de donde recibiera el pinchazo. Ella se enderezó mirando hacia arriba. Las primeras gotas de lluvia rebotaron en el tejado.


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