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Un poco más a la derecha

Foto(s): Cortesía
Redacción

Con la puntualidad del mejor cú-cú suizo, como lo ha hecho siempre, Lía abre los ojos a las seis de la mañana. Se desliza fuera de la cama, para colocarse los zapatos que en discreta espera, se encuentran colocados simétricamente al lado de la misma. Al levantarse, se coloca la bata y abre las cortinas. La luz intensa del sol penetra por la ventana y le permite, en una rápida ojeada, cerciorarse de que cada uno de los objetos que están en su recámara permanezcan en la misma posición en que los dejó la noche anterior. Repite esta acción en su recorrido al baño y si considera que algo se ha movido de lugar, inmediatamente lo corrige. Al terminar de bañarse y de vestirse se alista para iniciar, bajo un estricto guion que no admite modificaciones, su jornada diaria.


Lía fue educada con rigor por un padre perfeccionista. Su madre, diez años menor que él, aceptaba sin reclamar las órdenes de su esposo, y vagaba por la casa como una sombra, a la espera de cumplir sus deseos y cuidando el orden perfecto de todo, para no despertar su ira.


Sus dos hermanas, mayores que ella, huyeron de la casa con los primeros pretendientes que aparecieron; su padre, furioso, las maldijo mientras tiraba y rompía todo lo que encontraba a su paso, al tiempo que vociferando, decía:


"Esas mujeres ya no son mis hijas, jamás volverán a pisar esta casa. Todos aquí tienen prohibido nombrarlas y volver a verlas. Nadie se burla de mí".


Lía vio pasar la juventud  en una profunda soledad, aprendiendo a subordinar sus sueños y deseos a los de su padre, siempre egoísta y autoritario, y aceptando el silencio de su madre, convirtiéndose en su sombra.


A la muerte de sus padres, y con 28 años en su cuerpo, creyó enamorarse de Jacinto -compañero de escuela de una de sus hermanas, quien la visitaba con frecuencia para consolarla en su duelo-, y aceptó casarse con él, en un intento desesperado de realizar todos sus sueños e ilusiones dormidos.


Jacinto, siete años mayor que ella, siempre procuró darle lo mejor; sin embargo, su carácter algo triste y apocado no logró cambiarle la vida como ella lo imaginaba. Cuando sus hijos, Vicente y Edith nacieron, desbordó en ellos su amor y atención, viviendo los años más hermosos de su vida. Para ellos guardaba sus mejores caricias y sus abrazos sin límite. Así que cuando tuvieron que dejar la ciudad para continuar sus estudios, su mundo se derrumbó y en ese momento supo que ya no regresarían.


Un año después de marcharse los hijos, murió Jacinto, y volvió a quedarse sola. Sin darse cuenta, al igual que su padre, Lía comenzó a recorrer su casa para cerciorarse que todo estuviera en el lugar y la posición exacta, sin variar nunca. Sus amistades la abandonaron porque no entendían las obsesiones y actitudes inexplicables que impedían convivir con ella.


Con sus 68 años, Lía considera que es feliz y lo único que la angustia es que no podrá decirles a los sepultureros, cuando coloquen su ataúd en la tumba, antes de sellarla:


"Por favor, muévanlo un poco más a la derecha, está chueco".

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