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Teatro

Foto(s): Cortesía
Redacción

José María García sube a la terraza y se acomoda en la mesa de la esquina. Pide una botella de güisqui.


—¿Espera usted a alguien más? Le puedo ofrecer una mesa más grande.


—No espero a nadie.


El mesero tartamudea una disculpa.


—Es mi cumpleaños —dice Josemari.


—Felicidades —contesta el mesero y se aleja.


Una pareja joven ocupa la mesa de enfrente. El chico le acomoda la silla; ella le devuelve una sonrisa empalagosa. A Josemari, él parece una persona agradable; sin embargo, repudia el gesto mexicano de exagerar la atención. Ella le recuerda a Paty.



Josemari es actor de teatro retirado. Eso dice. La verdad es que no lo volvieron a llamar. Siempre recibió la misma respuesta con la típica zalamería mexicana: en cuanto tenga un papel a su altura, lo llamo. El llamado nunca llegaba. ¿A su altura?, ¿cuál era su altura?, piensa Josemari. Una cosa es haber dedicado su vida al teatro y otra haber conseguido algo. ¿Había dejado realmente huella?


—Nada.


—¿Perdón? —contesta el chico.


—No, no. Disculpe. Pensaba en voz alta.


La chica voltea. Él nota que no se parece tanto a Paty. Un aire sí que tiene, pero es todo. ¿Hace cuánto que no ve a su hija? Mucho, es todo lo que puede precisar. Casi desde el divorcio.


El mesero destapa la botella.


—¿Y cuántos cumple?


—Setenta y uno —dice Josemari.


Hará poco más de un año que la crisis de salud lo obligó a cambiar de aires. El doctor le aconsejó mudarse a provincia porque la altura del Distrito Federal incrementaba el riesgo. Él hubiera querido oponerse, decir que ahí estaba su vida, que no podía mudarse así como así, pero no era cierto. Nada de él había echado raíces, no tenía trabajo, no veía a su hija hacía años.


Sus contactos le dijeron lo que ya sabía: fuera de la capital, muy pocas ciudades tenían una vida teatral activa. Alguien le sugirió una idea que, después de darle vueltas, terminó por convencerlo: vete a una ciudad donde no haya mucho teatro, ahí no tendrás competencia y podrás integrarte fácilmente. Así lo hizo.



La realidad fue peor de lo que esperaba. La ciudad tenía un único teatro, pequeño, avejentado y sucio que de vez en cuando se utilizaba para eventos políticos. Nadie hacía ni veía ni se interesaba por el teatro. La sola palabra sonaba extraña en sus calles bulliciosas y oscuras.


Se termina el tercer vaso. En la mesa de enfrente, el muchacho sostiene la mano de ella. Josemari piensa en una escena. Una primera cita: por eso él es tan galante pero no se ha atrevido a darle un beso; por eso ella le celebra con sonrisas dulces todas sus acciones. La mesa, a un costado, con más espacio del lado derecho para romper la simetría. La iluminación, tenue. Tal vez la luz de un candil para hacer la escena más cálida.


La representación del teatro lo sigue a todas partes. Ve en cada persona un personaje y en cada situación una escena a la que hay que entender y leer entre líneas. Por ejemplo, el chico se llama Jorge, o Armando, son los dos únicos nombres que le quedan. Ella podría llamarse Paty. No, sería una coincidencia grosera; mejor Leonor. Sí, Leonor suena bien. ¿Sería una obra moderna o una clásica? Una mezcla. Una representación actual de una obra antigua. ¿Romeo y Julieta? Demasiado trillada. Cyrano, piensa. Sí: Leonor sería Roxana; Jorge, Christian. El propio Josemari podría ser Cyrano o el Conde de Guiche.


Roxana le dice cuánto lo ama por su alma; Christian está a punto de confesarle la verdad. Baja el telón.


—Le traje hielos —dice el mesero.


—No los pedí.


El mesero duda un momento y termina por arrimar el recipiente al centro de la mesa.


—¿Desea algo más?


—Con esto es suficiente. —Señala la botella.


Josemari llegó a México a los diez años, de la mano de sus padres que buscaban huir de la guerra civil española. Sus aptitudes lo llamaron al teatro desde muy joven. En ese mundillo, se le conocía como el Andaluz, aunque era originario de Valencia, porque los mexicanos no saben de geografía.



Aún joven, su experiencia abarcaba desde obras griegas hasta el Teatro de la Crueldad de Peter Brook; del Siglo de oro Español, al Teatro Épico de Brecht y el existencialismo de Beckett. Sin embargo, pese a destacar en los personajes fuertes, no pudo dar el salto a las representaciones que llenaban las salas. Edipo, Sigismundo, Tartufo y Trigorin no eran suficiente escaparate y, cuando parecía que avanzaba en la dirección correcta, el cine se afianzó, la televisión empezó a ganar terreno y el teatro comenzó a relegarse.


Decide asomarse a la calle. Siente el vértigo y está a punto de tropezar. El mesero se apresura a ayudarlo.


—Estoy bien —dice Josemari—. No es necesario.


El mesero le acomoda la silla.


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