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Solicitud de amistad

Foto(s): Cortesía
Redacción

-Tengo una idea, podemos retirar las tablillas de la ventana para entrar a la casa; ven, ayúdame.


Sofía recuerda estas palabras vívidamente mientras oprime en la computadora las teclas del nombre de la persona que busca en la red. Sus amigas le han dicho que todo se puede hallar, introduciendo los datos precisos en el buscador y así lo hace: R-E-N-A-T-O M-E-L-Í  enseguida oprime la tecla Enter y mientras espera, rescata de su memoria la experiencia vivida con él.



Renato era un adolescente de 17 años y ella cumplía 25, cuando se conocieron en la escuela donde Sofia trabajaba. La invitación a un partido de futbol donde el muchacho jugaba y una taza de café, después, fueron el inicio de una amistad que se cortó cuando él tuvo que abandonar la ciudad para continuar sus estudios.


Ocho años después se reencontraron en la graduación de una de sus alumnas. Renato la reconoció de inmediato, se acercó a ella diciendo:


-Sofía, que grata sorpresa, ¿cómo está?-, ella se dejó llevar por él, que la había tomado del brazo para separarla un poco del resto de los invitados y ahí recordaron su paso por la escuela. Al despedirse, él ofreció que la visitaría en su centro de trabajo para invitarle un café.


A la semana siguiente, ahí estaba él, en el pórtico de la escuela, esperándola. Mientras se acercaba, Sofía lo recorrió con la mirada y se percató de lo atractivo que era y, como una adolescente, comenzó a sentir que aquellas maripositas de su juventud revoloteaban otra vez.


La invitación al café trajo después otra al cine y luego paseos por el campo. Poco a poco, su acercamiento se hizo más íntimo. Ella se dejaba llevar por las locuras que él le proponía, como aquella vez que intentaron tener relaciones en el auto y que no se dio. Él, siempre sonriendo decía:


-No pasa nada.


Un día le propuso que fueran a la casa de su tío que se encontraba fuera de la ciudad, de manera que podrían ocuparla. Sofía aceptó. Al llegar, él abrió la puerta del zaguán; sin embargo al intentar el acceso a las habitaciones, ninguna de las llaves funcionó; decepcionado pero siempre sonriente, la tomó de la mano y la condujo frente a la ventana y dijo:


-Tengo una idea, podemos retirar las tablillas de cristal para entrar a la casa; ven, ayúdame.


Como chiquillos traviesos quitaron las tablillas necesarias para poder entrar y Renato la guió hasta la recámara; una vez ahí, dieron libertad a sus cuerpos y a sus deseos.


Hubo algunos encuentros más y de repente, así como había llegado, Renato se marchó y aun cuando Sofía sabía que esto iba a suceder en cualquier momento, durante mucho tiempo su recuerdo  le hizo sufrir.


En medio de sus pensamientos, Sofía voltea a la computadora y ahí está él. Nerviosa, no sabe si escribirle un mensaje o borrar y olvidar todo. Finalmente envía una solicitud de amistad, pasan unos segundos, que a ella le parecen horas, y de pronto lee:


-Hola, Sofía. Qué grata sorpresa. ¿Cómo estás?

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