CIUDAD DE MÉXICO.- Salomón Nahmad siempre estuvo consciente que México no era sólo uno, sino muchos. El México indígena es el aislado, el menospreciado, el pisoteado. Y a ése es al que se ha entregado durante seis décadas.
"Me he sentido aliado de los pueblos indígenas porque conozco su realidad, no por una idea mística ni religiosa ni nada", dice el etnólogo.
Reconocido con diversos premios nacionales e internacionales, incluido el Bronislaw Malinowski que otorga la Sociedad Internacional para la Antropología Aplicada, este año sumó uno más: el Nacional de Artes y Literatura en la categoría de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía.
Contacto con los pueblos originarios
Recuerda que fue en la primaria, en Orizaba, Veracruz, donde empezó su contacto con los pueblos originarios, a través de niños indígenas con los que compartía banca. Había nacido en la Ciudad de México en 1935, pero su infancia la pasó en tierras otomíes.
A los 18, decidió estudiar una carrera universitaria, lo cual no era costumbre en su familia. Eligió Trabajo Social, en la UNAM, y no se imaginó que participaría en un equipo adscrito a Erich Fromm, el psicólogo alemán, sobre su proyecto comparativo entre la madre alemana y la madre mexicana.
"Yo era un jovencito de 18 años, pero me di cuenta de la importancia del conocimiento filosófico y analítico de Fromm. Me orientó filosóficamente en toda mi vida profesional, hasta el día de hoy", recuerda.
En esa época, lo enviaron a Tonantzintla, Puebla, y de nuevo entró en contacto con la cultura indígena.
"En Tonantzintla noté que mi vocación era más hacia la parte social que a la parte individual", expresa, aunque estaba aún dudoso si estudiar Psicología o Antropología, por la que finalmente se decidió.
Herencia mesoamericana
Le tocó formar parte de las generaciones de antropólogos formados por destacados profesores que ya habían empezado la tradición de reconocer al México multicultural, como Manuel Gamio y Alfonso Caso.
"México se ha distinguido del Continente Americano como el país que ha reconocido su herencia mesoamericana antes que cualquier otro. Ni Estados Unidos se reconoce", menciona con orgullo.
Roberto Weitlaner, etnógrafo austriaco, fue uno de sus maestros, y quien lo introdujo en el estudio de las comunidades indígenas. Colaboró con él en el libro Usila, morada de colibríes.
Con apoyo de Caso y de Julio de la Fuente entró al entonces Instituto Nacional Indigenista, a mediados de los 50. El primero lo envió a hacer estudio de campo a Tlapa, Guerrero, donde conectó con la extrema pobreza de las comunidades y las prácticas de explotación hacia ellas, pero también conoció su riqueza cultural.
"La sociedad mesoamericana es una de las civilizaciones más grandes de la humanidad en materia de conceptualización y de construcción civilizatoria. Si se compara la historia antigua de Egipto o la historia antigua de China, se va a encontrar las similitudes, los paralelismos del pensamiento humano, de la religión, del arte. Eso me influyó profundamente", cuenta.
Pero es el pensamiento colonialista, herencia de los españoles, el que sigue arraigado en la mente de los mexicanos, y que impide darle la justa dimensión a la riqueza de los pobladores originarios.
Incluso los postulados de Carlos Marx y Federico Engels están impregnados del pensamiento eurocentrista y colonialista, asegura.
"Todos somos iguales"
"No existe la superioridad racial. La antropología física ha demostrado que todos somos iguales: homo sapiens", enfatiza.
La postura intolerante del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hacia la Caravana Migrante, es un ejemplo de lo arraigado del racismo y la discriminación. En la época de la Colonia, recuerda, tanto los nativos norteamericanos como los centroamericanos eran parte de un mismo territorio. "No podemos poner fronteras", sentencia.
Nahmad vive desde hace 30 años en Oaxaca, en donde fundó la Unidad del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social.
