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RINCÓN POÉTICO | Algunas bestias

Foto(s): Cortesía
Redacción

Era el crepúsculo de la iguana.


Desde la arcoirisada crestería


su lengua como un dardo


se hundía en la verdura,


el hormiguero monacal pisaba


con melodioso pie la selva,


el guanaco fino como el oxígeno


en las anchas alturas pardas


iba calzando botas de oro,


mientras la llama abría cándidos


ojos en la delicadeza


del mundo lleno de rocío.



Los monos trenzaban un hilo


interminablemente erótico


en las riberas de la aurora,


derribando muros de polen


y espantando el vuelo violeta


de las mariposas de Muzo.


 



Era la noche de los caimanes,


la noche pura y pululante


de hocicos saliendo del légamo,


y de las ciénagas soñolientas


un ruido opaco de armaduras


volvía al origen terrestre.



El jaguar tocaba las hojas


con su ausencia fosforescente,


el puma corre en el ramaje


como el fuego devorador


mientras arden en él los ojos


alcohólicos de la selva.


 



Los tejones rascan los pies


del río, husmean el nido


cuya delicia palpitante


atacarán con dientes rojos.


 


Y en el fondo del agua magna,


como el círculo de la tierra,


está la gigante anaconda


cubierta de barros rituales,


devoradora y religiosa.

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