Este viernes 13 se conmemora el 500 aniversario de la caída de la gran Tenochtitlan, fecha fatídica para la conformación de nuestra identidad nacional actual, aunque desconocida para la mayoría de la población del país. Para el lúgubre acontecimiento, se tienen preparadas grandes conmemoraciones. Sin duda, el ejemplo más grande es el adornado que se ha colocado en el centro histórico de la Ciudad de México, en donde se han invertido (o gastado) una enorme cantidad de dinero intentando recrear un pasado del cual todos los mexicanos (en algún momento de nuestra vida) nos sentimos orgullosos de provenir.
Sin embargo, es curioso darse cuenta que esta añoranza por aquel pasado perdido e irrecuperable, choca de manera brutal con la realidad palpable de todos los días, en donde los indígenas actuales (descendientes directos de aquellos grandes pueblos que tanto se admiran y añoran) atraviesan por situaciones de desprecio, marginación, condenados al olvido, ignorados por una sociedad que les denigra por los orígenes mismos que tanto admira en sus antepasados muertos. Para ejemplo palpable pongo a consideración la situación por la que atraviesan las naciones triqui, lacandona, rarámuri, yaqui, entre otras tantas, las cuales siempre han estado en pugna por el reconocimiento de su plena identidad comunitaria.
Las lenguas y lenguaje de las múltiples naciones indígenas que forman México, recién hace unos años fueron reconocidas por el gobierno como lenguas oficiales, y con ello se establece la “obligatoriedad” nacional de comenzar a producir sus mensajes en lenguas naturales, intentando con ello dar un pequeño aliciente ante la triste realidad de los descendientes de los nativos de estas tierras (escuchar los comerciales de televisión en lengua madre ha de generar regocijo, supongo); además de brindarles sentido de pertenencia ante una patria que desde su fundación los ha despreciado y que en la actualidad desvía la mirada cuando se les observa.
Añorar al indígena muerto y menospreciar al actual, muestra una extraña dicotomía por la que atraviesa gran parte de mexicanas y mexicanos en la actualidad y ha generado un trauma en el imaginario colectivo que se ha venido heredando a través de las generaciones. Todas y todos somos conscientes de la grandeza perdida y lo poco recibido a cambio. El trauma generado por el terrible acontecimiento ha cegado a generaciones completas, incapaces de comprender lo inevitable del suceso histórico, la lógica de la época y se lamentan por las irremediables pérdidas sufridas para toda la humanidad, siendo este uno de los más grandes paradigmas y traumas de los habitantes de este país. El otro es la pérdida del territorio nacional, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro lugar.
"Añorar al indígena muerto y menospreciar al actual, muestra una extraña dicotomía por la que atraviesa gran parte de mexicanas y mexicanos en la actualidad y ha generado un trauma en el imaginario colectivo que se ha venido heredando a través de las generaciones".

