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PIETRO

Foto(s): Cortesía
Redacción

José Luis se encontraba en el estudio que había sido de su padre. El sepelio tenía apenas unas horas de haberse terminado. Se sentó en el sillón que se encontraba detrás del escritorio y percibió un aroma a viejo. En la penumbra, los vellos de su piel estaban erizados por sus recuerdos.


Se sirvió una copa de coñac Courvoisier, se recostó en el sillón y, como en una película, miró su infancia solitaria. Le hubiera gustado tener un hermano con quien jugar, pero era hijo único. Su madre murió cuando él tenía 13 años. Su papá, abogado como él, nunca llevó a otra mujer a su casa. Él se parecía a su padre, pues él, a los 32 años no se había casado, ni le importaba hacerlo.


Con la ayuda del coñac se quedó dormido, de pronto el “bang” de un disparo lo despertó, creyendo que alguien se había metido a la casa. Pronto se dio cuenta que había sido un sueño. Volvió a mirar a aquel despacho, revisó los cajones y encontró la pistola Beretta 92 F, aquella arma que con permiso de su  padre, disparó por primera vez cuando tenía quince años.


La miró sin atreverse a tocarla, era de un color negro grafito tipo escuadra, sus cachas tenían un achurado en sobre relieve, a un costado del cañón se leía “PIETRO BERETTA, MADE IN ITALY”.


José Luis se quedó inmóvil viendo a ese objeto metálico, negro y frío. Creía escuchar que lo invitaba a tomarla, para acariciarla y que juntos recordaran su primera vez. Estiró la mano y la sujetó en forma suave, y al contacto, su mente viajó 16 años atrás, cuando su padre le dijo:


-Hoy cumples 15 años, ya eres todo un hombre y por eso te felicito.


-Gracias papá-, le había contestado.


-También quiero decirte que me gustaría que fueras abogado como yo, para  ayudarte en la vida.


-Creo que así será, papá. Me gustaría ser licenciado como tú.


- Está bien, me da gusto escucharte, pero en esta carrera hay que ser duro, a veces surgen enemigos por los casos ganados o perdidos. En mi caso, ésta es mi mejor defensa- dijo mostrando la Beretta. -Ten, púlsala para que te vayas acostumbrando a ella.


José Luis pensó que en verdad era hermosa, la miró y luego apuntó a un lugar indefinido, sintiéndose un vaquero del oeste.


-¿Te gustaría dispararla?- le preguntó su padre.


-Sí, claro que me gustaría.


-Entonces prepárate, que este fin de semana vamos a practicar.


Así comenzó su afición por las pistolas. Ahora se hallaba afiebrado, ebrio de coñac y embriagado de adrenalina, sentía la necesidad de estremecerse con el mismo placer de hacía 15 años, disparar una y otra vez hasta que se le agotaran las municiones.


Trastabillando salió al jardín y le quitó el seguro al arma. Como cuando era joven, apuntó a un lugar indefinido y jaló del gatillo hasta que la Beretta enmudeció por falta de balas. Sudoroso, escuchó que el vidrio de la ventana de una casa vecina, caía hecho pedazos, se oyeron gritos de dolor y de angustia. Se guardó el arma y presuroso empezó a correr, perdiéndose en la oscuridad de su noche. A lo lejos, el silencio solo prestaba sus oídos a los lamentos de las ambulancias.


“José Luis se quedó inmóvil viendo a ese objeto metálico, negro y frío. Creía escuchar que lo invitaba a tomarla, para acariciarla y que juntos recordaran su primera vez”.


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