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“Pequeño pueblo maravilloso, que guardaré siempre en mi corazón”, el Gran Cronopio, Julio Cortázar en Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Redacción

Después de desayunar, conocer Los Doce Lavaderos y contemplar el cuadro que le produjo a Calvino “una sensación perturbadora”, Julio Cortázar avanzó unos metros por 5 de Mayo y giró a la izquierda en Gurrión.


Se detuvo frente a la añosa cantería de Santo Domingo, y se prometió una visita dilatada. Morosamente encaró el empedrado de Macedonio Alcalá, hasta llegar a la plaza central. En ese corto trayecto, la ciudad lo sedujo.


Transcurría el mes de febrero de 1975 y este era su primer viaje a México, país que siempre lo atrajo y al que sin conocerlo, convirtió en escenario vital de algunos cuentos. Así lo escribió: "Una vez más me toca encontrarme por lo profundo con un México que jamás visité antes, pero que está presente en textos míos, en pesadillas e iluminaciones".



 


Ahora estaba entre nosotros, porque "sobre Oaxaca me dijeron muchas cosas, turísticas y etnográficas, climáticas y gastronómicas".


Mucho antes supo de las vivencias transcurridas aquí, de D.H. Lawrence, de Aldous Huxley, de Malcolm Lowry (“… Oaxaca. La palabra era como un corazón que se quebraba…”), y claro, de su cuate Carlos Fuentes, que fue quien lo encarriló en este rito de pasaje.


Pensaba en ello y comentó con Roberto Matta, el pintor chileno con quien se dio cita en el café Del Jardín:


"Este zócalo es mi preferido en México. Aparte de queridos fantasmas que lo habitan, a pocas cuadras está el Museo de Arte Prehispánico que donó a su pueblo tu colega, Rufino Tamayo. ¿Sabés que cumplimos años el mismo día? Admiro la pintura de Tamayo; la conocí en París y he encontrado obras de él en muchos museos del mundo".


Llegaron a la vieja casona de Morelos 503, sin saber Cortázar que esos seres de su imaginación, a los que dio vida sin dotarlos de rasgos, ni color, ni entidad precisa, a los que llamó cronopios, lo estaban aguardando.


 En el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo, con Matta por testigo, “habría de encontrar la más densa congregación de cronopios jamás reunida en el planeta”. No descubrió algunos, sino “una legión, insolentemente explayada en las vitrinas de las primeras salas. Sentados, acostados, rojos, negros, de pie, pardos, cabeza abajo, jugando, peleando, durmiendo, rosados, vestidos, sonriendo, desnudos, burlándose, mujeres, verdes, hombres, cantando, niños, azules”.


Julio Cortázar se sentía tiernamente conmovido con ese “pequeño pueblo maravilloso, que guardaré siempre en mi corazón”.


Al salir, la entonces directora del recinto, la maestra Alicia Pesqueira de De Esesarte, les pidió que dejaran un testimonio de su visita. Después de que lo hiciera el artista plástico chileno, Julio Cortázar, el Gran Cronopio, escribió: “¿Qué voy a decir yo después de Matta? Solo el silencio es inteligente. Pero también la admiración frente a cada pieza de este museo”, y extendió su firma larga, informal, delgada, casi un croquis apaisado de él mismo.


 

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