Pasar al contenido principal
x

Muerto de media noche

Foto(s): Cortesía
Redacción

Me desperté aterrado a las dos de la mañana, cuando observé la sombra de unos zapatos debajo de la puerta de mi recámara.


Con voz aún temblorosa lancé la pregunta:


-¿Quién es?


-Soy yo- contestó sollozando mi hija adolescente de doce años.


Entonces recordé que estábamos en la casa de mis padres, quienes se encontraban enfermos.


- Espera, ahorita te abro- dije buscando mi pijama, ya que acostumbro dormir desnudo.


Un instante después abrí la puerta y mi hija derramando lágrimas corrió a abrazarme, susurrándome al oído:


-¡Mi abuelo, mi abuelito!


-¿Qué le sucede a tu abuelo?


- ¡Está muerto, está muerto! Dicen que murió hace como dos horas. Mi abuelita llamó a mis tíos y con el ruido que hacían me despertaron.


-¿Cómo es posible que a ellos les avisara primero y yo, que estoy aquí, sea el último en enterarme?


Mis hermanos ya habían llamado al médico para certificar la muerte. Recostaron el cuerpo muerto de papá en un sillón de terciopelo verde amarillento. Me acerqué a mi mamá que se encontraba llorando junto al cadáver, gimiendo ante la rigidez de esa figura que alguna vez fue mi padre. Tomé su mano y le pregunté:


-¿Qué ha pasado mamá?


-¿No lo ves? Tu padre ha muerto.


-Pero, ¿por qué no me avisaste?


-Estabas durmiendo y no quise molestarte.


-Bueno, está bien-, contesté.


Ella se marchó a la cocina para hacer café, chocolate y el desayuno que se ofrecería a las personas que fueran a dar el pésame. La miré a lo lejos, delgada, encorvada, vestida de negro y con un rebozo del mismo color que cubría su cabeza y sus hombros; bajo la luz vieja de un color mortecino parecía una visión fantasmal.


Nos quedamos solos, mis hermanos se habían ido a dormir a sus casas, mi hija se había ido con alguno de ellos. Solo nos encontrábamos el cadáver, mi madre y yo. Entonces escuchamos crujir el miedo. Volteamos y a través de la ventana donde estaba el cuerpo de mi padre vimos que una sombra se movía. Corrimos asustados a ver qué pasaba, empujamos la puerta y ¡oh, sorpresa!, ¡el muerto se había sentado! Tenía la mirada ausente pero estaba vivo, sus ropas estaban teñidas por un líquido rojo y viscoso. Mi madre empezó a gritar, pero después corrió a abrazarlo, metiendo su mano bajo la camisa para ver qué tenía, había sangre en las manos, en los pies y en el costado derecho, como San Francisco de Asís cuando recibió los cinco estigmas del Señor Jesucristo. Mi padre estaba violento, tal vez no aceptaba el regalo celestial pues toda su vida fue libre pensador -ateo le decían-, le pedí a mi mamá que no se acercara y saliera de le habitación para evitar que mi padre la lastimara.


-Cálmate papá, ahorita vienen a ayudarte- le dije suavemente.


Él no me contestó, me senté agotado en el piso lleno de esa sangre bendita, preguntándome la razón por la que Dios en su infinita desconsideración lo estigmatizó contra su voluntad.


Ahora mi padre sigue ahí - mitad en el cielo y mitad en la tierra- esperando a ver quién llega primero, si la vida o la muerte.

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.