Los cuatro abuelos míos habitaban en un entorno rural y por ello conocían cosas que yo ignoro, como los periodos de siembra y de cosecha, al igual que otras tareas propias del campo, como la crianza de animales. De esta forma producían sus propios alimentos, distinguiéndose por ser buenos comerciantes de los productos que ellos mismos elaboraban o explotaban de la tierra. Mi abuelo Carlos, además, tenía una tienda o tendajón en la sierra veracruzana.
Mi abuelo Emilio, por su parte, era también pescador y llegado el tiempo propicio caminaba hasta el mar subiendo a la lancha con sus aparejos de la pesca: redes y atarrayas. En cuanto a su faceta de campesino, iniciaba la jornada mucho antes de que amaneciera. Todavía a oscuras llegaba a su tierra de labor y trabajaba hasta el mediodía, hora en que el descanso es prácticamente obligatorio, dado el inclemente calor istmeño.
Mis dos abuelas, Doña Mari y Mamá Fausta, fueron herederas de una rica tradición culinaria. Como amas de casa se dedicaban a los hijos y tenían en la cocina una de sus ocupaciones primordiales, preparando recetas que todavía extrañamos por su calidad excepcional. Mi abuela Fausta, en el Istmo, además, tenía entre sus labores comerciar con algunos productos como totopos y los dulces que elaboraba con almendra, nanche, ciruela y mango, cosechados en la huerta.
No puedo saber si mis abuelos eran más felices que yo, pero tenían muy claro que, conforme a la liturgia católica, a este mundo se viene a sufrir y a tener hijos para criarlos con buenas costumbres y con trabajo. Al final de esa vida buena y productiva se esperaba la recompensa celestial, así más o menos era el guion al que se ceñía la población del México rural del siglo 20.
Hoy, las cosas han cambiado bastante. Quizá quede preguntarnos si somos felices por eso o qué carencias nos atormentan, qué nuevas inquietudes nos persiguen, incluso cuando la vida moderna nos provee de cosas que mis abuelos ni siquiera hubieran podido imaginar.
