Que en Oaxaca no exista autor alguno a la altura de una antología nacional; que la literatura, a lo sumo marginal ante la mirada externa, no encuentre todavía su independencia de los ejes temáticos tradicionales (naturalismo o neoindigenismo, en su mayoría); y peor aún, que la ausencia de una tradición literaria, si se me permite la expresión, niegue otras realidades y posibilidades del discurso narrativo, es lo que trata de confrontar y desmitificar Desquicios, de Perla Muñoz.
A propósito, tuvimos la oportunidad de conversar con la joven escritora, con motivo de la presentación de su libro Desquicios.
Perla Muñoz es escritora porque es lo que más disfruta y a lo que más tiempo y esfuerzo dedica. También porque la escritura le permite, comenta, “lidiar con algunas situaciones que muchas veces me producen desasosiego”. Nació en Oaxaca. Estudió letras hispánicas y no es muy sociable, según nos cuenta, mientras suelta a reírse.
Desquicios (Avispero, 2017) es el fruto de un proyecto de hace dos años, cuando la autora se propuso escribir de manera formal. Aunque reitera que desde antes ya escribía cuentos, cuando asistía a los talleres de Fernando Lobo, antes de irse a estudiar a la Ciudad de México.
De estos talleres logra sus primeras publicaciones en algunas antologías, como en Después del derrumbe (Almadía, 2009) y Hebefrenia (FAHH, 2009).
Vocación literaria
Con Desquicios, Muñoz reafirma su vocación literaria. Conformado de 19 relatos, el libro nos remite a una sociedad insensible y antropofágica, en el que la noción individualista del ser humano nos muestra su lado más despreciable. Puede ser también, una alegoría al cáncer de nuestro tiempo: la violencia. Un Doppelgänger de la realidad, una realidad metaforizada y condensada en unas cuantas páginas, donde todo puede ocurrir. Eso, me arriesgo, viene a ser Desquicios.
Otra de las cosas que sorprenden en estas páginas, es el dominio de una técnica narrativa ampliamente elaborada. Ya sea desde la perspectiva de un narrador en primera o en tercera persona, la autora nos remite a las regiones profundas e inexplorables de la locura, del desasosiego. Logra introducirnos en los escenarios descritos por los relatos, bien desde una perspectiva infantil, como el caso de Manuel, un niño de labios hundidos que babea frenéticamente y no sabe hablar, o bien desde una perspectiva adulta, ya sea el caso de un tipo que nunca ha besado a una mujer y para subsanar su obsesión recurre a un asilo de ancianas a besar viejitas.
-¿Cómo defines el oficio del escritor o la escritora en este caso?
-Siempre he creído que el oficio del escritor implica mucha soledad. A veces es terrible. También creo que un escritor es un animal observador, está al acecho en todo momento. Busca describir toda esa experiencia en unas cuantas páginas. Un creador es alguien que nunca descansa, siempre está buscando posibilidades a donde quiera que vaya. Mientras camina, cuando come o cuando simplemente está haciendo nada.
Memoria fotogénica
-¿Qué nos dices sobre tu método de escritura? tu ars poética, por decirlo de alguna manera.
-No lo sé. Me gusta mucho crear cuentos porque es un reto. Antes de escribir tengo que tener dos imágenes: la imagen primera y la imagen final. A partir de ahí creo el personaje, sus manías, su manera de hablar y el conflicto. Soy muy lenta, una frase me cuesta una hora o más. Una vez, un chico me preguntó: ¿tú, cómo recuerdas, con olores, con imágenes o con ideas? Creo que la imagen siempre ha sido muy importante para mí. Tengo una memoria fotogénica, más o menos, bueno no sé si la tenga. Quizás por eso, en esos 19 cuentos es como si el lector estuviera viendo un álbum fotográfico, la idea de que también él está en medio, entre un álbum fotográfico o un espacio vacío en donde hay muchos cuadros y puede voltear a ver alguno de ellos. Esa es la idea. La idea de que el lector se vaya con una imagen.
Asegura que entre sus mayores influencias literarias figuran Juan Rulfo, Samuel Beckett, pero confiesa que no es una gran lectora. A propósito de esto comenta: “No me considero una gran lectora, estoy en eso. Es una de mis grandes ambiciones, como Borges. Bueno, Borges era un gran lector, yo aspiro a eso, pero increíblemente cada día siento que estoy más lejos. ¿Sabes? Creo que hoy en día existen más escritores que lectores, eso puede ocasionar problemas, porque hace de la literatura algo más superficial. Desgraciadamente tenemos, bueno al menos dentro de nuestra generación, la costumbre de leer para acumular. Vemos la lectura como un acto fetichista y dejamos por alto lo que en realidad significa la lectura. Tal vez por eso afirme que soy mala lectora”.
