-Miau.
-¿Quién es?- dijo Raúl divertido.
-Miau, miau- contestó su esposa.
-¡Ya te dije que no me gustan los gatos!
-Pues tendrás que aprender a quererlos, los maullidos son mensajes dirigidos a los hombres, por lo que debemos prestarles atención.
-Rosita…
-Nada de “Rosita”. Escucha bien: hay “miaus” cortos, alargados, múltiples, en tonos altos y bajos y todos tienen significados diferentes.
Raúl sonrió por la broma, en sus treinta y siete años de casados jamás habían tenido un gato, ni querían tenerlo, “son tan asquerosos”, pensaban. Además detestarían asear, darle de comer, limpiar sus excrementos y llevar al veterinario al animalejo; pero lo que más odiarían sería el pelo, que como arañas voladoras se irían incrustando por todas las grietas de su casa. Raúl recordaba que se enamoró de Rosa porque al igual que a él, no le gustaba tener animales en la casa. No volvieron a hablar de temas felinos, pero por alguna extraña razón, ellos mismos se convirtieron en gatos, pues a partir de entonces su comunicación se volvió gatuna.
Cuando Raúl llegaba del trabajo, desde la puerta le decía:
-¡Miau! Miaumiau- y modulaba la voz para que se oyera como “¡Hola! Ya llegué”.
En ocasiones, Rosa le murmuraba:
-Miaumiau ¿miuauuu?- Raúl sabía que le estaba preguntando: “Mi amor ¿me quieres?”, y él le contestaba en el argot de los gatos:
-Miaumiau, miau- que indicaba “Claro que sí, mucho “.
Con el tiempo tenían frases cortas que solo ellos entendían, y sus días se deslizaban entre ronroneos y maullidos. Cierto día, Rosa amaneció con la garganta inflamada, primero se atendió con remedios caseros que le aconsejaron sus vecinas y comadres.
-Tómate jugo de limón orgánico con miel de abeja-, le decía alguien.
- Prepárate un té de buganvilia y lo tomas en las noches- le sugirió su comadre.
- Haz gárgaras con sal- le recomendó su vecina.
-Prueba el té caliente con tomillo seco-, le aconsejó por teléfono su cuñada.
El tratamiento yerbacológico no funcionó y la llevaron al médico, quien después de abundantes estudios diagnosticó que tenía una de esas enfermedades que vuelve cobardes a las personas y que por desgracia no tienen cura. Su Rosa se marchitó y lanzó sus pétalos muertos y sin aroma a la tierra donde había nacido. Raúl con su existencia oscurecida por la pérdida, soportó impasible el duelo. Después de un año, su vida se normalizó y empezó a socializar con nuevas amistades, vivía solo, ya que nunca tuvo hijos con su esposa.
Cierta noche, acostado en su cama, leía un libro para conciliar el sueño. De pronto creyó escuchar a lo lejos:
-¿Miau?
Sintió un golpe helado en la cabeza y de un brinco se sentó en la cama, buscando la procedencia del maullido.
-¿Miau, miau?- se volvió a escuchar.
Aterrado, abrió la ventana de su recámara y ahí en la cerca de su jardín se encontraba un gato que lo miraba con sus brillantes ojos claros.
-Miaumiau- insistió el gato.
Raúl ya no resistió más, pegó un alarido y su corazón como araña voladora, se incrustó en la grieta más profunda de su habitación.
