Las tardes de todo aquel verano las pasé con el abuelo Giuseppe; ahora son los recuerdos que me devuelven una a una las palabras, las anécdotas compartidas bajo la sombra del viejo árbol; ahí, mientras sus manos diestras bordaban el punto de cruz, mismo que intentaba enseñarme, su voz me contaba pasajes de su vida.
Mi abuelo bordaba con las palabras, que a la par de sus manos, plasmaban mediante la labor de la aguja y el hilo una verdadera obra de arte; ha de parecer extraña esta costumbre que su madre le había inculcado a cada uno de sus hijos, sin importar que fueran hombres o mujeres, para ella no había distingos, en su casa todos bordaron carpetas, manteles, camisones, incluso cuadros con imágenes de la Virgen María. Por una buena temporada vivieron de la venta de tan bellas labores, así que cuando la bisabuela murió, hizo prometer que heredarían a sus descendientes el arte de labrar con hilos.
No recuerdo a mi abuelo enojado, salvo una tarde en que por accidente dejé caer la madeja de hilo con la que estaba terminando una réplica en cuadrillé de la Última Cena. “Por ningún motivo permitas jamás que el hilo toque el suelo”; no necesitó decir más, cuando se alteraba, su voz arañaba las fibras de la ternura. Levanté inmediatamente la madeja que había rodado no más de un metro, guardé silencio, sacudí el polvillo que había quedado en el hilo, la entregué, él hizo un acto ceremonioso con la bola de hilo y la colocó en un cesto. “Hija, debes saber que los hilos son algo sagrado para mí y para nuestra familia, tan así que con ello hemos tejido nuestro destino, y esta madeja es parte de ti y de los tuyos, toda nuestra estirpe está marcada por éste, como cada familia tiene el suyo.
“Hemos conservado la creencia de las Hilanderas, mujeres que de acuerdo a la mitología controlan el hilo del destino, el hilo es una metáfora de la vida, mi niña, es maravilloso ver la vida de esa forma, aceptar el hilo que nos toca, saber que nos corresponde hacer nuestros propios tejidos, colaboramos con el destino de la mejor manera; sin embargo, no podemos escapar a sus designios, una vez que llegamos a este mundo, las hilanderas ya han hilado nuestro porvenir”.
