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Lecturas para la vida: Pies de hada

Foto(s): Cortesía
Redacción

A todos los que han seguido a pie juntillas las historias que he narrado desde hace ya algunos meses en estas hojas de periódico, han de saber que las almas de mis abuelos y el poder que dejaron en mis manos me lleva a preservar sus relatos, a divulgarlos como una encomienda sagrada. Cada historia lleva impregnada el misticismo de cuatro seres a los que la vida reunió en una familia, la mía.


El abuelo Giuseppe, de madre inglesa y padre alemán, fue heredero de una rica tradición de relatos, creció rodeado de palabras, historias con voces diversas que llegaban como ecos de otros tiempos nacidos de las entrañas de las casas que habitó durante su infancia. Me contó lo ocurrido a su tía Scarlett.


Él tenía 4 años, recuerda que su hermosa tía lo sentaba en sus piernas para arrullarlo con el sonido de su flauta, le contaba historias sacadas de su imaginación, recuerda la piel blanquísima, las mejillas sonrosadas, el cabello largo y ensortijado que nunca peinaba pese a la insistencia de la madre; más, lo que prevalece sobre ese recuerdo es el silencio eterno de la casa de los abuelos, tras la desaparición de su amada hija.


La casa estaba cerca del bosque, las jóvenes salían cada tercer día a recolectar hongos; esa mañana, Scarlett fue con dos amigas, pero no volvió; ellas dicen que se habían alejado lo suficiente, de pronto se encontraron en un claro del bosque, en él se divisaba un círculo perfecto formado por hongos, en cuyo centro no había nada; cuentan que Scarlett caminó como embelesada, sus amigas  le imploraban que no entrara en aquel espacio vacío, pues al parecer se trataba de un círculo de las hadas, lugar sagrado que sirve como portal a otro mundo, un mundo del que ya no hay forma de volver. Una vez que puso los dos pies dentro, desapareció. Mucho se habló al respecto, el pueblo entero la buscó, pero Scarlett no regresó.


Hubo noches en las que el sonido de su flauta llegaba hasta el lecho del abuelo, incluso dice que en cierta ocasión siendo ya un joven visitó la vieja propiedad y se sorprendió al ver por los alrededores a una mujer de cabello largo y enredado, cuyos pies descalzos hacían crujir las hojas con una cadencia singular, pero así como se apareció se desvaneció, dejando frente al abuelo un precioso círculo de flores blancas.


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