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Lecturas para la vida: Perro negro

Foto(s): Cortesía
Redacción

Después de los aguaceros de mayo fue cuando comenzaron los extraños sucesos en el pueblo, las calles llenas de fango eran mal augurio, los campesinos salieron de sus chozas con las caras largas y el corazón estrujado, la lluvia se había llevado lo suficiente, el cielo estaba despejado. Los niños ajenos a esta agobiante realidad, salían a enterrarse en las lodosas calles, se untaban el barro y jugaban al monstruo. Luisa una niña fortachona


intentaba desenterrar algo del fondo lodoso, le ayudamos, vimos sorprendidos que era una osamenta, los chiquillos gritaron, se alejaron como pudieron mientras ella levantaba su trofeo de huesos, lo llevó a casa.


Al día siguiente fuimos a buscarla para jugar, su abuela se asomó, dijo que estaba en cama, tenía fiebre, seguimos la ruta del juego. Jugábamos a las escondidillas, de pronto Martincito gritó que era el amo del juego, pues había encontrado el tesoro, mostraba eufórico un par de huesos como del tamaño de su antebrazo, el juego terminó y cada quien fue a su casa.


Al día siguiente buscamos a Luisa, seguía mal, la sorpresa fue mayor cuando pasamos a casa de Martincito, un vecino salió, mencionó que se lo habían llevado a curar con Don Crescencio, pues se había puesto mal en la madrugada. Nos pareció extraño pero seguimos en caravana, el lodo ya se iba secando, así que pronto acabaría nuestra diversión y tendríamos que buscar otro juego.


Estábamos en lo mero bueno cuando Lorenzo gritaba a todo pulmón ¡Encontré una cabeza! No era una cabeza, era el cráneo de un animal, como de un coyote, en ese momento apareció un hombre alto y moreno, nos dijo que era la cabeza del perro negro, que si queríamos que el pueblo no se volviera a inundar, pero ahora de dolor y desgracia, deberíamos juntar todos los huesos y llevarlos al pie del Sabino a orillas del río, acto seguido desapareció.


Se hizo así, con ayuda de Don Crescencio logramos hacer la encomienda, éramos muy niños pero sabíamos el peso de esos compromisos. Los huesos fueron llevados, puestos en el lugar preciso, ante nuestros ojos vimos que se levantaba un enorme perro negro, se sacudió un par de veces, volteó a mirarnos con el destello rojizo de sus ojos y en seguida fue devorado por la noche.


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