Bosques, castillos, brujas, duendes, seres fenomenales, lugares llenos de luz u oscuridad; sonidos imaginarios que de solo recordarlos vuelven a presentarse, así como se manifestaban cuando tenía la oportunidad de abrir un libro o debería decir: algún tomo de aquella enciclopedia roja que mi padre nos compró.
Un día llegó cargando en brazos unas cajas llenas de grandes libros, brillaban de nuevos que eran, mis hermanos los colocaron en el librero con mucho cuidado; me acercaba con intención de tocarlos, tenían una textura que se antojaba diferente a la de cualquier otro libro. Me dijeron que debía tener las manos limpias, y que por lo pesados que eran debía pedir ayuda antes de tomarlos del librero.
La verdad es que se veían muy bonitos a través del hule transparente que colocó mi mamá para protegerlos del polvo. Ya no aguantaba el momento de saber lo que había dentro; cuando pensé que nadie me veía, me llené de valor, tomé uno de los que ya no tenían el plástico protector, acaricié su cubierta, al abrirlo descubrí un olor que nunca antes había pasado por mis fosas nasales, me extasié; pasé con cuidado sus páginas.
Descubrí que tenía diferentes apartados, pero en la segunda exploración salté las secciones dedicadas a la ciencia, la cultura, los animales y las plantas, para ir a la de los cuentos que además de todo, estaban ilustrados. Tenía ante mis ojos un cuento que ya había sido leído por miles de niños, una historia vista, disfrutada, asimilada, releída por otras tantas personas, pero que hasta entonces yo no sabía de su existencia.
Comenzaba a leerlo cuando escuché pasos, no me quedó más que colocar el libro en su lugar. Cuando mi padre llegó nos llamó, preguntó que quién había tomado el tomo III de su amada enciclopedia, pues estaba colocado al revés; dije que yo. Entonces él nos enseñó, a los cuatro hermanos que somos, cómo tomar un libro, cómo colocarlo en la mesa; tratarlo con cuidado era importante, solo él sabía el precio de haber traído ese tesoro a casa.
Les pedí que leyéramos el cuento de los niños que se pierden en el bosque, el que tenía la ilustración de una casita hecha de caramelos, lo leímos una y otra vez. Luego cada quien se fue a terminar sus tareas, me quedé admirando las ilustraciones, al mirar la casita de caramelo, la saboreaba; recuerdo que ese día mis cinco sentidos se conectaron con el maravilloso objeto llamado libro.
