Mónica Ortiz Sampablo/ Tercera de cinco partes
El olor del ajo había impregnado la choza, pero no me molestaba, en casa de mis abuelos los olores fuertes eran parte del día a día, cuando no era el incienso, era el eucalipto, la ruda, el olor de las guayabas, de la hierbabuena, olores amargos, dulces, picantes; olores que envolvieron mi infancia y como decían mis abuelos, “me sirvieron de protección”.
Doña Crispina agradecía a cada rato que hubiéramos ido, no podíamos quedarnos mucho tiempo, porque además de llevar escasa ropa, yo tenía que asistir a la escuela. La primera noche transcurrió sin sobresalto, solo el ruido del miedo se colaba por los agujeros de los adobes ancestrales. Mi abuela y yo nos acurrucamos en un catre, los sarapes de la comadre eran de buena lana, no pasamos frío. Amaneció nublado, la comadre me pidió acercarme, colocó un colguije en mi cuello, era una piedra multicolor. "No te la quites por nada mi niña, no vaya a ser que te lleven los chaneques, les gusta la montaña a los muy traviesos y les encantan las chiquillas, más tan bonitas como tú".
Yo sabía muy bien a lo que se refería, su comentario no me agradó, siguió diciendo:
"Los chaneques ahorita andan escondidos, porque le temen al Alas de petate, ese pájaro no distingue entre duendes y niños; doña Dora la más anciana del pueblo, nos contó que hace muchos años, el gran pájaro anduvo ronde y ronde aquí mismo, entonces las familias no sabían que era tan nocivo, que tenía gusto especial por la criaturas, ese año el silencio se adueñó de las calles, no se oían las risas ni los juegos de los chamacos, el ave se llevó a varios niños. Nadie sabía cómo atraparlo o matarlo, había terror entre la comunidad, pero al igual que ahora, los hombres se internaron en la montaña para seguir su rastro y acabar con él".
En ese momento me cayó el veinte del porqué no había hombres en el pueblo, le pedí que me siguiera contando. Dijo que día con día las víctimas daban cuenta del ataque, no había mucho qué hacer, prendían una vela y rezaban. La escena era horrible, muchas veces podían ver al Alas de petate en pleno vuelo con su presa en las garras. Pero más de una vez se le divisó llevándose a uno que otro encueradito; ahí fue donde descubrieron que también se estaba llevando a los chaneques. Esa noche dormí espantada, poco antes del amanecer un aleteo ensordecedor sacudía los techos de las casas.
Continuará el próximo miércoles…
