Manuela partió una mañana; el canto del gallo aún dormía; un susurro constante nos despertó, era el llanto del abuelo Giuseppe, más bien un himno de amor ahogado; acudimos a su cuarto, al entrar vimos que la abrazaba, acariciaba su cabello, le cantaba con la respiración entrecortada. A los niños nos mandaron a jugar en compañía de la tía Neira, quien siempre buscaba contentarnos con golosinas, mis tías mayores se encerraron con los abuelos. Les envolvía un velo de resignación, sabían que era inminente. Salieron mis tíos, volvieron con dos féretros, corrí a espiar, por un momento pensé que también él había muerto. Dijo que no podría vivir sin su Manuelita, pidió que a él también le llevaran su cajón.
Se hicieron los funerales, colgamos un moño negro en el portón de entrada. Fuimos al panteón con crisantemos, mi breve puño lanzó la tierra y una flor, no sé por qué no podía llorar, mis manos se pusieron frías. Abracé a mi abuelito, él sí lloraba, su cara se transformó en un puchero de niño, me llenaba de ternura, al volver a casa no me solté de su mano cálida. Por la noche escuchamos un estruendo en la habitación de los abuelos, encontramos a Giuseppe dentro del ataúd, explicó que desde esa noche dormiría en ese cajón. "¿Será que enloqueció?", nos preguntábamos. Insistió en dormir ahí por cada noche, hasta que la muerte le llevara de vuelta a los brazos de su amada Manuela.
Después de algunas semanas, pidió que por favor llevaran un catre a mi cuarto, dijo que ahora dormiría junto a mi cama, pues había descubierto que la abuela iba cada noche a darme la bendición y a contarme historias; eso era cierto, todavía recuerdo que en medio de la noche abría los ojos y la veía. Giuseppe se quedaba despierto, esperando por ella. Mañana empezaremos a poner el altar, me ha sido encomendada la tarea de escoger las fotografías que pondremos este año, me sorprendo al ver una de Giuseppe dormido en su ataúd, justo se cumplen tres décadas de que Giuseppe quiso dormir en él para no despertar.
