La historia mítica de la fundación de la Gran Tenochtitlán forma parte del imaginario colectivo del mexicano promedio. La ardua peregrinación en búsqueda de una profecía y el cumplimiento de esta, se convierten en el argumento angular sobre el cual se fundaría un imperio, uno que llegaría a maravillar y horrorizar al mundo entero; pero antes de eso, eran un pueblo nómada. Si nos basamos en la clasificación que nos enseñan en la primaria (o al menos cuando yo iba), el pueblo azteca era una comunidad errante que habitaba las tierras del norte; eran pues, chichimecas.
La historia oficial enseña que los aztecas provenían de Aztlán, una ciudad mítica ubicada en algún lugar lleno de garzas, pero no explica el origen de los mexicas. Los Aztecas estaban conformados por diversas tribus/nación que compartían idioma, ritos, mitos y costumbres. Uno de esos pueblos, formado en su mayoría por macehuales (clase social ubicada sobre los esclavos, pero debajo de la nobleza) sufría de gran opresión por parte del resto de las demás tribus; esto, hasta que su deidad les revela la profecía liberatoria. Entonces, la tribu/nación formada por macehuales, decide separarse de los aztecas y se denominan a sí mismos mexicas. Nace así, el pueblo Mexica. El resto viene en los libros de texto.
El mundo mexica es el último gran heredero de las grandes civilizaciones que les precedieron. Fundaron su emblemática ciudad en medio del lago en 1325 d.C. y cien años después ya eran la nación más poderosa de todos los confines de su mundo conocido, sometiendo a los antiguos habitantes y formando un imperio propio. La profecía se había cumplido. Siendo seleccionados directamente por su deidad, el Sol, se sabían destinados a conquistar todo lo que éste alumbraba y dignos para someter a cualquiera contrario a sus creencias.
Entre los antiguos habitantes, el descontento era generalizado. A nadie le gusta que de la nada lleguen extraños y te despojen de lo tuyo, menos todavía que haya que pagarles. La nación mexica era aborrecida por las demás y ellos correspondían ese sentimiento, capturando y sacrificando guerreros extranjeros, ofreciéndoles sangre y corazón en honor a su deidad. En el fondo, los mexicas eran una nación con muchísima fe y sumamente supersticiosa y habiendo sido heredera de otras grandes naciones, cargó también con mitos antiguos y uno de ellos presagiaba el regreso de la deidad de los antiguos. Un miedo terrible surgía entre los mexicas al imaginarse el sufrimiento con su caída. El resto de los antiguos habitantes, esperaba con impaciencia el cumplimiento del mito.
Con el nacimiento del mundo mexica se crea una de las raíces que forman parte de lo que ahora es México, la raíz mítica, lejana, olvidada (el mexicano remembra con añoranza el pasado indígena, pero reniega del indígena contemporáneo), la que conoceremos por las viejas y fantásticas historias que se contarán de ellas y que nos dan un pequeño principio de nuestra identidad, pero que no es México.
Si bien el glorioso imperio mexica duró menos que cualquiera que le precedió, el momento histórico que les tocó vivir hacen que su contundencia e impacto sean mayor en el imaginario actual, que cualquiera de las demás antiguas naciones, pues fueron testigos presenciales de la destrucción de su mundo, de mutaciones de fe, creencias destruidas, cosmovisiones apagadas, sometimiento, castigo, esclavitud. Lo normal después de un proceso de conquista.
Este mes da por iniciado el año de 'conmemoración' de la caída de la Gran Tenochtitlán, el cual culminará el próximo 23 de septiembre del 2021, fecha oficial de la caída del gran imperio.
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