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La inapetente gula de Cristina

Foto(s): Cortesía
Redacción

Elena y yo cruzamos miradas, compartiendo el sentimiento de incomodidad que nos generó escuchar las intimidades de Cristina. Sin darnos oportunidad de finalizar su perturbadora charla, ella continuó hablando mientras hizo a un lado su plato de revoltijo de comida y papel y sacó su celular.


Dijo que su expareja ya llevaba más tiempo con esa gorda, del que duró con ella. Nos preguntó si queríamos conocerla y sin escuchar nuestra respuesta, prosiguió. Puso sus brazos alrededor de su estómago como si sostuviera un flotador invisible e infló las mejillas simulando la inmensa gordura de la nueva pareja de su ex. En su teléfono nos mostró la cuenta de Facebook de la mujer, que por la descripción que había escuchado, pensé que era una mujer de desbordantes proporciones; en cambio, me topé con la foto de una joven de complexión media. "¡Vean la pinche gorda por quien me abandonó!” Por fortuna, la hora del almuerzo estaba por terminar. Elena y yo solo atinamos a decir que era una pena que todos los hombres fueran iguales. Después, Cristina ya no volvió a acompañarnos. Yo le comenté a Elena que era mejor prescindir de su compañía. “Me da mala espina que desperdicie la comida”, dije y ella rió a carcajadas.


Por comentarios de los demás compañeros, me enteré de que Cristina hacía gala de un modo prepotente y soberbio con su equipo. En una ocasión, la vi humillar a una empleada, supuestamente por empaquetar mal un producto. La joven preguntó cuál era el error, pero en lugar de responderle, arrojó el paquete al suelo. “Levántalo, después te vas a limpiar los baños y cuando aprendas a hacer las cosas bien, regresas”. Lo dijo sin importarle la presencia de otros empleados y clientes. Al poco tiempo, me enteré de que la joven había sido despedida.


Cristina continuó su trabajo, hasta que el personal a su cargo recurrió al gerente de la empresa para externar su inconformidad por la manera en que su jefa los trataba. Un día, la secretaria del gerente me dijo: “Amiga, te tengo un chisme. Pero promete que no dirás nada a nadie. ¡Van a despedir a la Cristina!” Me dijo que no precisamente por las quejas de su personal, sino porque Cristina y su jefe tenían una relación, pero que él ya estaba aburrido de ella. “¡Ay, gordis! Prometiste guardar el secreto, ¿eh?”, me recalcó, antes de marcharse presurosa con una taza de café.


El reemplazo entró a la oficina del brazo del gerente: una joven de prominentes curvas y grandes pechos. En su rostro se notaba la ilusión que todo recién egresado siente al integrarse al mundo laboral. Pero su sonrisa se turbó cuando Cristina se fue a golpes contra el gerente. Todos permanecimos boquiabiertos y nadie intervino; preferimos escuchar la retahíla de intimidades que ella, en el éxtasis de su furia, gritó: como su deficiente desempeño sexual en el cuarto de mantenimiento y las horas que pasaban encerrados en la oficina, que no eran precisamente para asuntos de trabajo. Intentó agredir a su sucesora, también, proclamando que jamás permitiría que una gorda ocupara su lugar. Finalmente, el guardia de seguridad intervino y detuvo el alboroto.


Resultó que iban a hacer que Cristina capacitara a esa joven, sin saber que era su reemplazo. Después, cuando la nueva estuviera preparada para el puesto, le despedirían ofreciéndole una jugosa indemnización y así evitar una demanda laboral. Pero con su arrebato de cólera, se ganó un despido justificado, sin dinero, ni mucho menos carta de recomendación. Y aunque algunos se preguntaban cómo se enteró, al cabo de unos días olvidaron el asunto.


La respuesta es que fui yo. Fingiendo estar preocupada por ella, le dije que la iban a despedir, pero que continuara con su trabajo habitual con tal de asegurar su jugosa liquidación, y que no le enseñara de forma correcta las actividades a la nueva para que hiciera mal las tareas del puesto. Cristina accedió y me agradeció ser tan gentil. Lo hice a sabiendas de que su soberbia no le permitiría controlar la voracidad de sus impulsos al verse reemplazada por alguien de esa complexión.


¿Qué me motivó a hacerlo? Mi madre decía que desperdiciar la comida era pecado y me castigaba cada vez que no terminaba la porción de mi plato. Con el pasar de los años, me arraigué a esa idea y actualmente muestro con garbo las voluminosas curvas de mi cuerpo.


Además, estoy harta de personas como Cristina que se refieren a personas como yo, con la despectiva palabra de: “La Gorda”.


"Ella accedió y me agradeció ser tan gentil. Lo hice a sabiendas de que su soberbia no le permitiría controlar la voracidad de sus impulsos, al verse reemplazada por alguien de esa complexión".  



 


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