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José Luis

Foto(s): Cortesía
Redacción

“Truuuu, truuuuu”, varias veces.  “Truuuu, truuuuu”, otra vez. No contestaron. “Estará ocupado”, pensé. Mientras esperaba para volver a marcar y pedir mi cita, cavilé optimista. “Seguro a José Luis le dará gusto saber que ya estoy en la ciudad. Como le prometí, no me corté el cabello con ningún otro peluquero”.


No fueron tres meses como predijimos que duraría la emergencia por el COVID, mi cuarentena duró 441 días.  “No pasa nada”, aseguraste ante mi éxodo voluntario. “Cada que vengas a Oaxaca pasa, para que te haga tu corte y estés siempre guapa”, dijiste. Reí complacida y con un ademán a manera de despedida, salí de tu local.



Hoy, para pasar el tiempo, revisé mis mensajes. Distraídamente los corrí con rapidez; cuando vi el nombre de Mari Carmen, los detuve. “¡Qué raro!, ella casi nunca me escribe, dice que no le gusta, que prefiere hablar”.  Cuando leí lo que decía, no entendí por el aturdimiento: “Amiga, José Luis, nuestro estilista, falleció hace 15 días. Apenas me enteré hoy”. En cada letra se leía su congoja. Con la esperanza de que fuera un confusión, le marqué sin éxito, luego mandé mensaje a un grupo donde sé que hay varias amigas que también son tus clientas de años.  Entonces volví a marcarte dos veces, nada. A los pocos minutos llegó la indeseada confirmación.


Durante 30 años me corté el cabello solo contigo. Haciendo  cuentas,  tuvimos esos encuentros 360 días, casi se formaría un año si hubieran sido diarios. La noticia infame llegó cuando pensé que ya no eran posible más ausencias. No éramos amigos de frecuentarnos, pero nos conocimos mucho, ahí, en tu estética. Tú, con tu maestría en mi cabeza; yo, en tu cómodo sillón de piel negra. ¡De cuántos y cuántos temas platicamos mientras le dabas encanto a mi cabello! Recuerdo tu linda disposición para peinarme en mi casa el día de mi boda. Te lo agradecí bastante porque tu carga de trabajo siempre era grande. Me maquillaste tan bien, que cuando me vi, sorprendida, te dije que habías hecho magia.


Recuerdo tu rostro, tu trato amable, tu desenfado al sentarte frente al televisor mientras esperabas a que tu clienta en turno le secaran el cabello para darle el toque final. Te gustaban los aros de cebolla, ir al cine, la buena comida, casera, tradicional o de taller. También te gustaba viajar. Todo eso conocí de ti durante las tres décadas de nuestra relación clienta-peluquero. Tu sonrisa divertida con comisuras infantiles se me revela claramente. Siempre me gustó tu cabello, que a veces teñías con algún color discreto. Varias veces quise preguntarte si tú mismo te lo cortabas, nunca lo hice.


Hoy, por fin decidí cortarme el cabello con un chico que me hizo recordarte, era como tú hace tres décadas: muy joven, pantalón casual, zapatos cómodos para aguantar  las largas jornadas de pie frente al espejo. Aletearon la culpa y la tristeza, era como si te traicionara, y te extrañé.


Al salir, pasé por tu local que está muy cerca, escuché tu risa, el sonido de tus tijeras, de las secadoras, vi tu rostro, y el letrero con letras invisibles que decía: “Estética de José Luis, cerrada al mundo para siempre”. Solo pude musitar “Descansa en paz”, y me fui.

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