Me conmueve cuando un gato negro cruza en mi camino. No por el augurio de mala suerte implícitamente atribuido a estos felinos, sino porque me recuerdan al primer gato que tuve. Su primera dueña se había negado a venderlo, y mi padre pagó un peso por él. Ello, debido a una creencia de que si se regala un gato, éste no será buen cazador. Y ese era el motivo por el que necesitábamos uno.
La casa donde crecí era de tres niveles, pero con un reducido espacio interior. Más que cómodos, vivíamos apretados: mi madre, mi abuela, mi tío, su esposa, yo y el reciente inquilino: un ratón.
En cuanto mi madre lo vio, decidió nombrarlo Tomás. No importó que fuera un felino enclenque de pelaje negro, mientras fuera buen cazador. Sin embargo, en días posteriores, mi abuela descubrió que no era él, sino ella. Fue rebautizada como Soruya y así pasó a ser el séptimo habitante de la casa.
A pesar de que se le proveía alimento, la gata sucumbió a sus instintos y empezó a salir a la calle, pero regresaba puntual a la hora de la comida y en la noche, antes de que mi madre pusiera el cerrojo a la puerta. No tardó en quedar preñada. Su primera camada nació en una caja de zapatos debajo de la cama.
Mi abuela tenía la creencia de que los gatos son animales misteriosos y nos prohibió husmear la caja donde dio a luz. Sin embargo, mi curiosidad infantil fue mayor. Un día que me quedé sola, me agaché junto a la cama y jalé la caja. No me resultó sorprendente lo que vi: sólo unas pequeñas criaturas, aún deformes y ciegas, que succionaban de la panza de su madre. Con desgano, la gata levantó la cabeza, y sus ojos, brillantes como un par de gotitas de oro, se clavaron en mi rostro. Casi de inmediato volvió a la tranquilidad de su siesta y yo acomodé la caja en su lugar.
Más tarde, estábamos reunidos en la hora de la comida. Mi tía, a quien nunca le agradó la presencia de la Soruya, contaba la historia de un niño que había ingerido un pelo de gato. Dijo que ningún doctor pudo sacar el pelo y el niño falleció. Cuando le hicieron la autopsia, de su estómago extrajeron una masa del tamaño y la dureza de una piedra mediana. Era el pelo del animal, que creció dentro de sus intestinos. Todos permanecimos callados cuando ella terminó de relatar su historia.
A dos años de vivir con mi tía, ya estábamos acostumbrados a sus charlas fantasiosas, pero que ella aseguraba eran verídicas. El silencio incómodo se rompió por un maullido agudo y prolongado. Mi madre, apresurada, se dirigió a la habitación, y yo tras ella. Me acerqué cuando sacó la caja debajo de la cama.
Adentro, una de las crías luchaba por sobrevivir. Con sus patitas delanteras arrastraba únicamente la mitad de su cuerpo. La otra mitad había sido devorada por su madre, que tranquilamente lamía sus bigotes. Por su buena suerte, la mitad de gato murió a las pocas horas. Cuando la Soruya se vio liberada de la maternidad –luego que regalamos a sus crías–, volvió a sus andanzas.
Meses después nació otra camada, pero esta vez, para mantenerla aislada, la llevaron al tercer piso de la casa. Un día recibimos la visita de la familia de la esposa de mi tío. Entre ellos, su hermana menor: una joven muy bonita, de piel muy clara y cabello teñido en rubio. Cuando escuchó el maullido de la gata, insistió en conocer a las crías, nacidas pocas semanas antes. Nuevamente la regla de no husmear fue incumplida por mi tía y su hermana.
Aquella segunda ocasión, al recordar la agonizante mitad de gato, contuve mi curiosidad y me conformé con verlas subir hacia el tercer nivel. En la noche, cuando los familiares de visita abordaban un taxi para marcharse, escuchamos un maullido agudo proveniente de arriba. Al levantar la mirada, vimos a la gata en el borde del tercer piso sosteniendo en sus fauces una de sus crías.
Antes de que reaccionáramos, el pequeño animal se impactó en el suelo, y murió al instante. Mi madre subió a detenerla, pero no alcanzó a impedir que su siguiente víctima fuera arrojada. Este segundo gato sufrió la peor parte: sobrevivió al golpe. En las noches, su chillante maullido de dolor no nos dejaba dormir. Nadie tenía el valor de terminar su sufrimiento. Hasta que, una madrugada, mi abuela se levantó y con mano firme le retorció el pescuezo, con benévola –aunque drástica– acción terminó su prolongada agonía de casi una semana.
Esa fue la última vez que la Soruya tuvo crías.
