Mónica Ortiz Sampablo / Primera de cinco partes
Emiliana, mi abuela, me pidió acompañarla a casa de su comadre en un pueblo que quedaba todavía más adentro de los cerros que rodeaban nuestra comunidad. Ahora que rememoro, siento que el lugar no estaba tan lejos, pero la mirada infantil tiene el prodigio de ver gigantes.
La abuela preparó su morral, me dijo que no llevara más de una muda de ropa, pues solo íbamos a ver cómo estaba doña Crispina, quien hacía poco había quedado viuda; mis abuelos llevaron a bautizar a uno de sus hijos, pero ya tenían mucho tiempo de no frecuentarse. Las camionetas que iban para allá salían al amanecer, había que estar a tiempo porque algunas veces se llenaban a tope y no había más remedio que viajar de pie.
El camino se me hizo eterno, por tramos la camioneta se ladeaba y me provocaba mareo, de pronto subía rugiendo; el vehículo, cansado de tantas idas y venidas, parecía que se iba a destartalar en cualquier momento. Cuando el chofer frenaba bruscamente se escuchaba un griterío, era como si de pronto todos fuéramos a salir disparados de aquel trasto. Recuerdo que mi abuela me daba a oler una botellita que tenía alcohol; en los momentos más críticos de mi mareo sacaba la mitad de un limón para que lo chupara, pero ninguno de sus remedios surtió efecto cuando la camioneta agarró las curvas cuesta abajo y como pude me abrí camino para no vomitar sobre los pasajeros; al llegar al lugar, el conductor nos hizo limpiar la batea de su transporte.
Nos echamos a andar por el camino polvoriento, tenía los labios resecos, mi abuelita me dio a beber un poco de agua de su cantimplora.
-¿Falta mucho?- le pregunté.
Ella dijo que como 15 o 20 minutos caminando y de ahí pasarían por nosotros en un burro.
Mientras caminábamos, escuché el aleteo persistente de unos pájaros; miré al cielo, sentí miedo al ver una gran cantidad de pájaros negros volando en círculo.
-¿Qué pájaros son esos, abuelita?- pregunté.
-Son zanates, mi'jita. Apúrate para que lleguemos a almorzar con mi comadre.
La entrada al pueblo era muy diferente al caminito que recorrimos a pie y en burro. Al llegar, había una pileta que rebosaba agua; aproveché para mojarme la cara y refrescarme; me sobresalté al ver junto a mi reflejo, un rostro que no era el de mi abuelita.
