Pasar al contenido principal
x

Flor de arete

Foto(s): Cortesía
Redacción

La penumbra cubría el cuerpo endeble de Carmen. Los resortes del colchón duro y viejo aumentaban sus dolores. Una imagen de San Judas Tadeo, patrono de las causas difíciles, era aplastada por sus manos, como si le quisiera exprimir algún milagro que la aliviase. Sus dos hijas y su esposo también habían colocado sobre la cabecera de la cama, cuadros benditos de las vírgenes de Guadalupe y de La Soledad, sin faltar el crucifijo tallado en madera de pino.



Carmen empezó a debilitarse y a perder peso, como si se le escapara la vida por los poros. Su cuerpo vomitaba la comida y los cólicos que le apachurraban el vientre, la hacían transpirar. Después, ni ese consuelo tenía, porque su organismo seco ya no tenía sudor. Por esta razón llamaron a doña Pachita, curandera del pueblo, quien dijo:


-¡Carmen, mi niña! Te han hecho brujería, pero no te preocupes que yo te voy a curar-, dijo, animándola.


-Todavía no puedo morirme- respondió Carmen en voz baja, -mis hijas y mi esposo me necesitan.


-No tengas cuidado- y dirigiendo una mirada a las jovencitas les ordenó: -Para las limpias voy a necesitar que me consigan dos huevos criollos y una gallina negra todos los días, de lo demás yo me encargo.


Después llegó con un manojo de flor de arete, una planta que según ella tenía propiedades curativas. Con ellas rodeó la cama de la enferma para que extrajera el mal. Enseguida machacó las hojas verdes para hacer un revoltijo que embadurnó en el abdomen de Carmen. Pero la enfermedad siguió ahí.


-Es que no tienen fe- decían sus vecinos.


-Mejor llamen al doctor- musitaban otros.


-El doctor cobra mucho y no sabe nada- mascullaban las hijas.


El señor cura también se hizo presente, no se sabe a ciencia cierta si era para enfrentarse a los hechizos, para interceder ante el señor Dios por su salud o para encaminarla al otro mundo.


Una mujer del pueblo le sugirió a Carmen:


-¿Por qué no te cambias de religión?


-¡Qué has dicho insensata!-, replicó molesta.


-¡Mira!, es que dicen que ahí hacen milagros.


-No digas tonterías y vete.


Carmen llamó a su esposo y le pidió:


-Mejor háblale a mi hermano Felipe, que se encuentra en la capital y cuéntale cómo estoy.


Tres días después se presentó Felipe, al ver a su hermana tan demacrada preguntó sobre el diagnóstico que había dado el médico.


-No ha venido ningún doctor-, le informaron.


-¡Qué dicen! Entonces, ¿cómo quieren que se cure?-, dijo Felipe levantando la voz.


- Es que no le tenemos fe a ningún doctor, cobran re caro y nomás nos engañan-, rezongaron las hijas. -Además, el médico no cura la brujería que tiene mi mamá.


-¡Qué brujería ni qué la fregada!-, gritó colérico -ahorita vengo.


Al fin llegó con el médico, quien después de auscultarla con minuciosidad llevó a Felipe al patio. Con un suspiro y un movimiento negativo de cabeza, le dijo:


-Ya es tarde, no puedo hacer nada por ella.


Felipe se encaminó cabizbajo hacia el cuartucho, donde estaba su hermana esperando la muerte, cobijada por esos santos que eran de su devoción y que tampoco podían salvarle la vida.


 


“Tres días después se presentó Felipe; al ver a su hermana tan demacrada, preguntó sobre el diagnóstico que había dado el médico”.                                                                       


Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.