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Fiebre de chapulines

Foto(s): Cortesía
Redacción

A los dos días, nos avisaron que el tío Juan estaba en el hospital. Al parecer, tuvo un ataque al corazón, aunque ya estaba recuperándose. Mi mamá me dijo que me cambiara el uniforme porque la tenía que acompañar a verlo.


—Ma, tengo mucha tarea y va a venir Daniel para ayudarme.


—Ni creas que te vas a quedar sola con ese chamaco.


—Sabe de mate, ma.


—Lo que sabe es meter la mano debajo de tu blusa.


—Va a estar Eu, ma. Si quieres, la podemos tener aquí de supervisora.


No quería ir a ver al tío y encontrar a su esposa “recién adquirida en un antro”. Bueno, eso parecía: era una escuincla flaca y desabrida.


—Dije que no y no alegues. —Cuando mi mamá usa esa palabra, es como la sentencia definitiva de un juez. Solo le falta el martillito—. Eu, tú tampoco te vas a quedar sola en la casa. Vámonos.


Me cambié el uniforme, Eulalia se quitó su delantal y nos acompañó. En el camino, le pregunté a mi mamá cómo era que le pudo dar un infarto al tío si se suponía que comía muy sano y hacía ejercicio. La verdad, yo quería tocar el tema de la pastillita azul que sé que toma desde hace varios meses. Lo sé porque mi prima me platicó que lo vio esconderlas en su cajón y que cuando le preguntó qué era esa medicina, él solo le dijo que no era su asunto. Nos metimos a investigar y vimos que en realidad mi papá tenía razón cuando comentó que a su hermano ya no se le paraba.


—Ay, hija, son cosas que suceden. A cualquiera le puede pasar. Tu tío lleva una vida muy ajetreada. Tiene muchas preocupaciones.


—Claro, con su esposa nueva ha de estar súper ocupado. —Mi mamá me volteó a ver—. ¿Qué? Es apenas más grande que yo.


Cuando llegamos al hospital, Eulalia se quedó en la salita de espera y mi prima me jaló para contarme del coche que se acababa de comprar: un deportivo de color amarillo.


—Estoy segura de que es para la esposa —me dijo—. Y yo que sigo dependiendo del pinche Jaime para que me lleve a la escuela. No sabes. Le da todo lo que le pide y ella le saca todo lo que puede.


Mi mamá me llamó para que entrara a saludar a mi tío. Con una mirada, me advirtió que no fuera a salir con una de mis payasadas.


—Hola tío, qué bueno que ya te estás recuperando, seguro fueron los chapulines que te hicieron daño, ya ves que dice mi papá que son casi como la pastillita azul… —No tuve tiempo de terminar ya que mi madre me estaba jalando hasta la puerta—. Bueno, ¡espero que salgas muy pronto!


–¿Cómo se te ocurre?


Y zas, otro jalón. Ya me estaba aburriendo de que me jalara.


—¡Ay, ma, me vas a dislocar el brazo!


—Date de santos que no te lo arranqué. ¡Ya me tienes harta de tus payasadas! —Imaginé a mi mamá repleta de payasadas, con la cara pintada de blanco, la nariz de bola, la boca roja y una peluca morada. Pero no era el momento de reír.


Mi tío salió del hospital justo antes de que su radiante esposa lo dejara para buscarse otro menos viejo y enfermizo. El coche amarillo lo cambió por un cuatro por cuatro para poder ir al cerro. Dice que es su nueva afición. Daniel también se consiguió pareja nueva: una chava “más liberal” a quien sí le dan permiso de ir a la playa, dice él. Yo por supuesto que reprobé matemáticas. A Eu le doy clases de otras cosas más interesantes.


—Eu, ya no estés triste, te tengo que enseñar algo nuevo. —Le muestro las revistas que encontré debajo del colchón de mis papás—. Pero no le vayas a decir nunca a mi mamá de dónde las saqué porque ahora sí que me arranca los dos brazos.

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