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Extracto de "Centraleros" una novela publicada por Matanga Taller-Editorial

Foto(s): Cortesía
Redacción

Un hombre asoma la cara por encima de las portezuelas y se va. Brandon sabe que si no fue aquí en el Naila, será en otra cantina donde halle la distracción que busca. Los chavos que conoce en la Central de Abastos tienen dos opciones de entretenimiento en su día de descanso: futbol o alcohol. Y ganar o perder en el futbol los hace festejar o resignarse con alcohol. Por las conversaciones que mantiene con ellos, deduce que algo similar ocurre en los pueblos de donde provienen. Oaxaca, piensa, es una jaula de alebrijes mitad pavorreal, mitad murciélago, con un plumaje multicolor tornasolado para los turistas, alas de piel negra y garras afiladas para el resto. Su vida transcurre bajo la parte murciélago, lejos del caserío levantado en un pasado que la ciudad presume glorioso, de los adobes y canteras, entre calles sucias y malolientes por donde la urbe se extiende desordenada sobre cualquier superficie. En este callejón hay un bar enseguida de otro. A esta zona la llaman el pueblito. Don Jorge le contó que era el nombre de una de las cantinas. Doña Julia, la abuela patrona, le dijo que lo llaman así porque es un pueblo pequeño que en lugar de viviendas tiene bares. A sus puertas, las meseras invitan a los hombres a entrar y los travestis los piropean. Desde la mesa, mientras Emilio mira boquiabierto el televisor, escucha gritar a uno de ellos: ¡Chamaco, ven!


Vuelve a tocarse las orejas y piensa en Leticia. Por las tardes, ella atiende la caja de cobro en la bodega; por las mañanas asiste al colegio. Hace tiempo le contó que a él, por disposición de su abuela, le asignan los trabajos que requieren menor esfuerzo físico. Supone que a la señora le agradó su apariencia: piel blanca, cabello rizado —como el de su madre—, facciones finas. Los clientes lo creen el hijo del patrón y le piden descuentos en los precios. Doña Julia nunca le aclara a nadie que él es un empleado.


Sobre el puente, Emilio fuma de costado al parpadeo de luces en el cerro del Fortín. El humo sale de su boca y se diluye despacio en dirección a la Central, a su estacionamiento en la esquina cercado con malla ciclónica. Fabián asegura que los adinerados le temen al lugar o no lo conocen, a menos que sean propietarios de locales, y que si algo necesitan de aquí envían a sus empleados. Él ha comprobado que también algunos pobres le temen, pero les gusta enfrentarla. Su madre no: “Prefiero gastar más en el súper”, decía. “Qué horror tener que andar cuidándome las espaldas y escuchando piropos majaderos. Y luego esa regla tonta de ՚Si vas, quítate los aretes՚”. Don Jorge suele decir: “A la Central nada más le temen los polis y los pendejos”.


Al pie del puente, hay dos hileras de casetas de lámina seguidas de locales de concreto y otros construidos con horcones y techos de plástico. En los pasillos vale cada espacio, por mínimo que parezca. Durante el día, el barullo y desfile de vendedores y clientes es espeso e inagotable, con un permanente griterío que sugiere, exige, recomienda o maldice. En la noche, hay basura por todas partes y ratas tan grandes como conejos. En los pasillos ya vacíos, los indigentes buscan los rellanos más altos para dormir, por si llueve. También duermen ahí quienes comienzan a trabajar de madrugada y no quieren perder tiempo yendo a casa. Emilio saca un sobrecito de coca. Aspiran por turnos. Brandon mira los autos que corren de vez en cuando bajo sus pies. Los Pet Shop Boys suenan en el teléfono de Emilio. Sabe que usa un fragmento de Twenty-something como timbre desde que la escuchó en el auto de uno de sus clientes. Se pregunta si averiguó –como lo hizo él– de qué iba la letra, o si es una ironía de la vida que le haya gustado esa melodía tan ajena a sus gustos.

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