Recién comenzada la pandemia, retomé un proyecto que llevaba procastinando por casi diez años: la realización de mi árbol genealógico. Retomando antiguos correos electrónicos, encontré el primer borrador que realicé. Estaba mi familia nuclear completa, así como los hermanos y hermanas de mi padre y madre. Con nuevos bríos decidí continuar con el proyecto.
Como ejercicio de memoria comencé a actualizar el árbol con los nombres de mis primas y primos, después seguí con sus parejas, luego con sus hijos e hijas (sobrinos y sobrinas míos). Fue una labor que llevó tiempo, llamadas y videollamadas, pláticas largas entre recuerdos, buenos deseos y descubrimientos personales. Al terminar y tener de frente mi árbol genealógico, comencé a recordar las historias de vida entre esas lineas que nos unían. Me estremecí de felicidad al haberlo completado.
Después comencé a compartirlo entre mis familiares. A todos les pareció un loable esfuerzo y parecían contentos con el resultado. Pero el asunto se tornó más interesante. Un primo mío se puso en contacto para decirme que había encontrado una página de internet (patrocinada por una religión creada en territorio del Tío Sam) donde se puede rastrear tu genealogía y había encontrado nuestro primer antepasado registrado y desde el cual partía la linea hasta nuestro bisabuelo común. Quedé sorprendido, ¿cómo era posible que en una página de internet pudiera estar tal información? Rápidamente accedí a ella.
Después del registro obligatorio, me dispuse a la búsqueda de mis raíces. En unos pocos minutos ya había rastreado mi primer antepasado registrado (nació en 1824 y falleció en 1900). Comencé a pasearme entre años y nombres hasta que llegué a uno muy familiar; ahí estaba (claro y bien escrito) el nombre de mi bisabuelo, seguido del nombre de mi abuelo y de todos sus hermanos, algunos de ellos ya tenían completado su árbol de descendencia, el de mi abuelo estaba trunco. Anoté todos los nombres que antecedían a mi abuelo y completé el proyecto que había comenzado hace más de diez años. Un regocijo me recorrió en ese momento.
Pasaron varios meses después cuando recibo una llamada telefónica, era un familiar para decirme que se había acordado de mí porque observó una publicidad de un congreso de genealogía próximo a realizarse en Oaxaca, me pasó los datos y me dí cuenta que se trataba de la misma página que había visitado para localizar a mis antepasados; entonces sentí una punzada de desconfianza. Entré a la página y descubro que la religión creada en territorio del Tío Sam está patrocinando congresos en toda Latinoamérica, en donde invitan a “las personas a conocer más de ellos mismos al descubrir la historia de sus antepasados (europeos obviamente) y contar su propia historia”. Mi desconfianza se volvió terror.
La Genealogía (del griego “genos”: descendencia o nacimiento y “logos”: razón), es el estudio y seguimiento de la ascendencia y descendencia de una persona o familia; en ella se concede el conocimiento de la participación de un individuo en un gran grupo familiar, con su uso se demuestra (por medio de estudios) la esencia o identidad de una persona, la raíz de la misma y sus orígenes. En psicología cobra gran importancia al descubrir la historia familiar del paciente y poder encontrar patrones entre las situaciones de vida de diferentes generaciones; ahora ¿se imaginan qué pasaría si alguien tuviera la idea de hacer un gran árbol genealógico de toda Latinoamérica? Mi proyecto personal está terminado.
"La Genealogía es el estudio de la ascendencia y descendencia de una persona o familia; en psicología cobra gran importancia al descubrir la historia familiar del paciente y poder encontrar patrones entre las situaciones de vida de diferentes generaciones".
