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Estampas de decepción

Foto(s): Cortesía
Redacción

Mi primera memoria que vale la pena mencionar es de una visita a la carnicería con mi madre. De la carne no recuerdo nada, pero lo que sí quedó grabada fue la vitrina iluminada con un surtido variopinto de galletas. ¿Galletas en una carnicería? Sí, y así era. Si quieren sacar a colación su carnicería favorita con tal de cuestionarme, adelante, pero Russell’s tenía una vitrina debajo de la caja registradora con una selección de galletas que, por su ubicación, uno no podía dejar de ver. Y en el estante de arriba, había una creación de maravilla. Una galleta que resumía todo lo que un niño pudiera querer: betún, crema, chispas, ralladuras, todo contenido en una forma llamativa que yo trazaba con un dedo en el vidrio como si así pudiera invocarla, poseerla. Necesitaba que fuera mía. Y me expresé sin ambages en ese sentir.


Pero mi madre, ciega y sorda ante la perfección de aquel manjar y la urgencia de mi falta, se negó. En cambio, me dijo que podía escoger uno de los residentes del estante inferior: unos pegotes tristes que parecían plastilina. Por supuesto que abogué por mi elección, reuniendo las armas que tenía a mi alcance: súplicas chillantes y llanto. Mi madre no cedió. Y Russell, el muy bribón, con su mandil manchado y los brazos cruzados, tomó su lado. Después de varios minutos de eso, mi madre declaró que si no quería una de las galletas de abajo, no me iba a comprar nada. Con eso, me agarró la mano y me sacó de ahí. La decepción era pura y ardiente como ninguna posterior ha podido igualar.            


            Absorbí el golpe y seguí con mi vida como pude: una vorágine de caras y paisajes y conciencia intermitente. Veinte años después, renté el local al lado de Russell’s y puse una galletería con bolas de carne en una vitrina debajo de la caja registradora. Mi intención, obviamente, era inducir un choque de materia con antimateria que borraría su tienda de la faz de la tierra sin que yo tuviera que hacer algo tan burdo y rastreable como provocar un incendio. Por supuesto que mi tienda sería aniquilada también –y yo con ella– pero lo consideraba un precio insignificante a cambio de mandar al carnicero al otro extremo del universo. Total, no se dio: por más que ajustara las cantidades y colocaciones de las galletas, por más que decorara la carne en la vitrina con betún, crema, chispas y ralladuras, la deseada reacción se negaba a producirse.


            Hace falta un niño, pensé. Un niño que, en lugar de hacer berrinche como yo, recibiera con regocijo su carnita del estante inferior. Lancé una campaña publicitaria con vistosas ofertas para niños de tres años. Puse anuncios en el periódico, saqué pancartas, incluso contraté a un botarguero vestido de Pacman que se alimentara de una fila de galletas de peluche afuera. Todo sin éxito. O llegaba gente sin niños exigiendo que se les aplicara la oferta o adolescentes con acné que se retaban a robar. Los mandé a todos al carajo. 


Tocó, finalmente, al nieto de Russell, que entró un día de la mano de su abuelo.


—¿Sigue válida la oferta? —preguntó el carnicero.


—Sólo en productos de la vitrina —contesté, esperando contra toda expectativa.


 El chiquito pidió algo del estante superior; Russell –buen hombre– le dijo que podía tener una cosa de abajo, se la serví sobre un trozo de papel encerado y, mientras abría la boca para morderla, me hice un ovillo y me escondí detrás del mostrador.


            Nada. El niño estalló en una tormenta de lágrimas y escupidas, pero siguió corpóreo. Como todo lo demás alrededor de él.


            —¿Qué tipo de broma pendeja fue ésa? —exclamó Russell, furibundo. Y, tirando la carne al suelo, condujo al niño lloriqueante fuera de la tienda.


            Han pasado veinte años y acaban de rentar la tienda del otro lado a alguien con una cara conocida. No sé qué esté tramando.


Título: Amargura


Autor: Paco Montes


Uy, pues dejé de creer en tantas cosas. ¿Una de ellas? El amor.  Pocos asuntos me dejaron tanto desencanto como los que tienen una justificación amorosa. La pareja, la familia, la amistad. Puros pretextos para que uno abuse de otro. Al final, la lealtad y la fidelidad se vuelven en su contra. Ya sabe, cuanto más se agache, más le verán el rabo. De modo que para que sea amor, tendrá que ser, hacer y pensar como le digan.


          ¡Por el amor de dios! Bueno, Dios es parte del asunto. Ya no comulgo con ruedas de molino, ¿sabe? Paso de la religión, de los iluminados, chamanes, sanadores. Tampoco espero nada del yoga, ni del tai chi, la medicina alternativa, la meditación o las terapias holísticas. 


          No le niego que era lindo pensar en una vida saludable, consumir comida orgánica, tener actitudes ecológicas, hacer deporte. Pero ya no me parece que la práctica hace al maestro, ni el hábito al monje. Ya no me importa llegar a tiempo o a destiempo. Ahora tengo más fe en el burro, que en el arriero; en el árbol en peligro de extinción, que en los tules milenarios; y en la lluvia ácida, más que en la refrescante agüita de mayo. Lo siento, se trata de una sequía física, mental, ambiental.


          La disciplina, la perseverancia, el esfuerzo, ¡el sacrificio! No sirven de nada. Bueno, para acabar pronto, ya no admito ni las buenas intenciones, ya ve que forman un camino hacia el infierno.


          Mire, en un tiempo sostuve que la felicidad estaba en el saber; en entender la filosofía, la psicología, la sociología. Pero en la misma fila de fracasos puede usted formar a Marx, a Freud y a Bill W. Ahora me vale la palabra de los sabios, los eruditos, los científicos, los  líderes fuertes cuerdos altruistas. El arte, la cultura, la literatura, el poder de la palabra, la comunicación, bla, bla, bla...


          Pero, ¿quiere que le hable de una decepción más grande? La democracia, la alternancia, el voto útil, el duro, el buen salvaje, el pueblo bueno, la libertad, igualdad, fraternidad y la madre que me parió.  Mala onda. Lo sé.  Pero con decirle que ya no distingo lo bonito de lo feo, lo luminoso de lo oscuro. Solo aparece frente a mí lo mediocre, el fracaso, la frustración, la envidia. Y el rencor. Hay tanto rencor viejo en mi alma, que no tiene espacio para rencores nuevos.


          Mire el cielo. Fíjese en esa constelación. Ahí aparecerán las Líridas, brillantes pero fugaces.


"Después de varios minutos de eso, mi madre declaró que si no quería una de las galletas de abajo, no me iba a comprar nada. Con eso, me agarró la mano y me sacó de ahí".


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