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Esperanza / Última de tres partes

Foto(s): Cortesía
Redacción

Finalizaba un nuevo ciclo escolar, pasaría unas buenas vacaciones con mamá. Llegamos por la tarde, me sentía muy feliz, aunque hablábamos diario por teléfono, no dejaba de extrañarla, su voz amable, sus cariños; parecía que el tiempo se había detenido para ella el día que me llevó con los abuelos, mientras trabajaba para darme lo mejor; esa parte de mi historia ya la he contado.


El taxi nos dejó unas cuadras antes de la casa, pues el camino estaba bloqueado, las calles de la ciudad vaya que son diferentes a las del pueblo; mientras caminábamos fui testigo de situaciones que como fotografías quedaron grabadas en mi mente; la calle era amplia, plagada de bolsas de basura en las esquinas, los perros con sus raquíticos hocicos hurgaban hasta romper el plástico para hacerse de algún bocadillo hediondo; a nuestro lado pasó una mujer que casi empuja a mi abuela con su enorme bolso rojo; dejó a su paso una ráfaga de alcohol combinado con loción muy fuerte, apresuramos el paso "cosas de ciudades mijita", dijo mi abuela; "el caos de la vida se nota más en la ciudad, nunca lo olvides", agregó.


Todavía recuerdo las escuálidas piernas de la mujer sobre un par de tacones en los que apenas podía sostenerse. Eso observaba, cuando un grito me sacudió, mi abuela apresuró el paso, al dar vuelta a la calle entre puestos de diversas cosas corrían un par de rateros, una señora gritaba desesperada mientras tocaba sus orejas ensangrentadas, le acababan de arrancar los aretes, nadie había intervenido para ayudarle. Mi impresión fue tal que solté la mano de mi abuela en un impulso por ir a consolarla; abuela sacó un pañuelo de su bolso, la abrazamos y esperamos a que se calmara.


No tardamos en llegar a casa, mamá se asombró al ver que no llegábamos en taxi, explicamos el motivo; los brazos de mamá son el lugar perfecto para apaciguar el corazón. Esa tarde entendí que la historia de Pandora era real, mi abuelo me la había contado, los males que escaparon de la caja se habían posado en las almas de las personas, pero en los corazones alumbraba el amor, la amistad, la solidaridad, sentimientos que hacen que del fondo de la caja emerja la esperanza, como la sonrisa de la señora que aún con las orejas lesionadas, agradeció que nos detuviéramos a brindarle algo más que un abrazo.


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