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En tu memoria, querido crupier

Foto(s): Cortesía
Redacción

"Feliz cumpleaños, cuñada Luz", era tu mensaje infaltable cada 2 de mayo.


Ya no habrá más noches para ti frente a la mesa de juego, los mazos de cartas serán para otras manos; las luces neón y la música se apagaron.


La noticia de tu fallecimiento, Héctor, hizo temblar nuestros corazones. Este virus es el enemigo más poderoso de la humanidad, el más despiadado después de la propia sin razón y maldad del hombre.


Supimos que reaccionaste positivamente apretando la mano de la enfermera, cuando te pusieron las grabaciones que tus hermanos enviaron con mensajes animosos. Escuchaste las voces amorosas de tu hija y de tus nietas diciéndote cuánto te querían, que esperaban, ahí mismo, a las afueras del hospital estadounidense, tu regreso a casa. Algo no salió como se esperaba, una bacteria se filtró a tus pulmones, todo fue cuestión de horas.


Cuando escuché la voz quebrada de Juan, al responder la llamada, y vi sus ojos inundados, también lloré.  Partiste a la nueva vida muy lejos de tu familia de origen; "oh tierra del sol, suspiro por verte" dice nuestra canción oaxaqueña que ahora parece cobrar un sentido más nostálgico.


Fuiste el más pequeño de los hermanos, al que todos los demás vieron como hijo. Siempre nos gustaba verte en las fotos vestido con esas camisas de seda, pantalones de corte exacto, acicalado para la fiesta diaria del casino. Tus cabellos, esa mata prodigiosa que engominabas con gran habilidad, coronaba tu figura de revista de glamour.


Muy joven fuiste en busca del llamado sueño americano, que para ti se volvió una realidad de la que ya nunca quisiste regresar. Formaste una familia, además de otra que tú escogiste, la de tus amigos, la de tus compañeros de trabajo, que no han dejando de manifestar dolor por tu partida. Saber eso, trae un poco de consuelo. Ellos estuvieron contigo, con tu hija, con tus rubias nietecitas, pendientes, rondando el hospital donde se desarrollaba tu tragedia; todo nuestro agradecimiento para ellos.


Una de las pocas veces que viniste a tu tierra, mi hijo me platicó que te vio salir rumbo a la disco; se quedó sorprendido al verte: "Has de cuenta que iba a una gala", me dijo. "De esas que salen en la tele".


Recuerdo tu sonrisa generosa, esa que prodigabas a todos. Así, sonriendo, pusiste en mis manos la vez que nos conocimos, una videocámara, justo la que quería; después supe que habías preguntado qué podías traerme de regalo, y ni siquiera me conocías.


La suerte no estuvo esta vez de tu lado, Héctor, como sí lo estuvo siempre en el juego de cartas. La madre,  nunca sabrá que su hijo menor partió antes que ella.


Tu hermano, Zefe, dijo, con la garganta cortada: "Se fue mi hermanito, el más pequeño; la función terminó para él; para los que quedan, tiene que seguir", y lloró sin inhibiciones, como se llora cuando se quiere.


Ve a tu nueva vida, "Texas hold’em dealer", con ese paso lento que tenías al caminar, ese que se volvía vertiginoso cuando bailabas salsa, y al grito clásico de tu garganta, "good luck", reparte la suerte en la mesa, allá entre las estrellas.


Ya cae la noche, densa, pesada,  no tenemos voz. A lo lejos, el ladrido de los perros se oye como un lamento.

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