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El vestido de la Llorona

Foto(s): Cortesía
Redacción

Esa noche nos  arrulló la máquina de coser y el rechinar de su rueda; al amanecer, un vestido a mi medida colgaba de una de las vigas del cuarto; me restregué los ojos una y otra vez para ver si era verdad; mamá me ayudó a ponérmelo; a falta de espejo corrí a la pileta, vi mi reflejo con los primeros rayos del sol, quedé fascinada. El gran día llegó, las calles del pueblo, los colores del papel picado revoloteando a capricho del viento, el olor a incienso y flor de cempasúchil penetraba hasta el lugar más abandonado de nuestro ser, nos animaba a estar vivos para seguir disfrutándole. Para completar mi atuendo, abuela hizo un improvisado velo con un trozo de encaje del mismo vestido, pero las manchas que antes había notado, estaban justo ante mis ojos, le pregunté:


-¿Abuela, de qué son estas manchas?


-Pueden ser de cualquier cosa mijita, hace muchos años que ese vestido está guardado.


-Parece sangre.


-Puede ser; cuando lo usé, pasaron muchas cosas.


Su respuesta me hizo preguntar más. El viento pasó, dibujando un surco en medio de ambas. Emiliana, mi abuela, me condujo suavemente hasta el lugar más próximo para sentarnos y me contó:


-Mi niña, como ya te he contado, el día que conocí a tu abuelo en aquella grieta que se abrió en Cerro grande, yo estaba cortando azucenas, al menos eso fue lo que se pensó. Tenía puesto el vestido que ahora tú portas, llevaba días huyendo de mi pueblo en donde me obligaron a casarme con un catrín. Mis papás tenían una deuda muy grande con los padres de ese joven, que aunque era guapo, no me agradaba; su familia tenía mucho dinero, en el pueblo la gente les temía, en especial a su madre. No había más opción que ofrecerme en matrimonio, cumplir el capricho al patroncito. Se hicieron los preparativos. La madre de mi futuro esposo me obligó a ponerme su vestido de novia, era una herencia que había pasado por varias generaciones; a pesar de ser muy bello, no me despertaba ilusión, me vestí a regañadientes. Cuando vi la oportunidad, escapé, no tengo idea de cuánto tiempo caminé, tampoco de las veredas que recorrí, llegué hasta un cerro en el que se abrió una grieta luminosa, entré en ella, en ese lugar encontré la protección de seres extraños y amables; al salir encontré el monte lleno de azucenas, mi vestido estaba más blanco, todo mi ser se había revestido de luminosidad.


Continuará el próximo miércoles…


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