En esta calurosa tarde de verano es un poco difícil recordar –por las incomodidades del clima– que se sigue siendo filósofo.
Mi intención es referirme a un fenómeno de la naturaleza y a ese sol que en alguna u otra medida, podemos hacer nacer dentro de nosotros.
Hace pocos días me preguntaban en una entrevista si los filósofos dejamos de trabajar en el verano. He tratado de explicar que cuando uno es filósofo, ama la sabiduría y siente inquietudes interiores, esto no se detiene con el verano, sigue toda la vida…
El verano nos trae a la mente ideas relacionadas con paseos, con aire libre y, sobre todo, con descanso. Y quiero detenerme sobre este anhelo de descanso y de tranquilidad que buscamos en el verano, tal vez huyendo precisamente de estas inquietudes que nos preocupan a lo largo de todo el año y que –como es natural– no dejan de preocuparnos en el verano…
Pero sucede algo curioso que ya explicaban los filósofos de antaño: no se descansa de cualquier manera. No basta con que los calendarios indiquen la entrada del verano para que podamos reposar. Hace muchos cientos de años, Marco Aurelio nos explicaba que cuando hay un dolor interno, una preocupación, cuando algo nos corroe, ¿de qué sirve viajar? Él nos explicaba que, vayamos donde vayamos, en nuestras maletas vienen nuestras preocupaciones y nuestro dolor; y aunque cambie el panorama, lo que no podemos cambiar es ese mundo que llevamos dentro.
En realidad, estamos buscando otro sol, otra luz, otra respuesta que –aprovechando las enseñanzas del viejo Marco Aurelio– se encuentra dentro de nosotros.
El sol puede estar en muchos sitios… puede estar detrás de las nubes. Una vieja enseñanza, de las consideradas «iniciáticas» en las que los maestros educaban a sus discípulos a través de ejemplos, cuenta que en una oportunidad un discípulo trataba de realizar una ceremonia al sol. Cuando el discípulo lo tenía todo preparado para realizar su ceremonia, se encontró con que el día amaneció nublado. Le dijo a su maestro: «No puedo hacer la ceremonia, ¡no hay sol!». A lo que el maestro le contestó: «Tú no ves el sol, pero el sol ha salido, a pesar de las muchas nubes que en este
momento cubren su visión».
Qué mejor que, tras un nuevo amanecer, nos encontremos con un poco más de claridad, con un mayor entusiasmo, con más energía todavía, y reemprendamos el camino porque habremos aprendido a despertar el sol en nosotros. ¡Hágase la luz! Síguenos en Facebook Nueva Acrópolis Oaxaca e Instagram acropolis_oaxaca, informes al whatsapp 9516562939.
"En realidad, estamos buscando otro sol, otra luz, otra respuesta que, aprovechando las enseñanzas del viejo Marco Aurelio, se encuentra dentro de nosotros".
