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El reloj de leontina

Foto(s): Cortesía
Redacción

Descansaba en la mesita de noche, junto a las gafas desvencijadas; el potente tic-tac contrastaba con la desgastada carcasa, se ve que en sus mejores tiempos este reloj había sido un objeto precioso, aún se podía adivinar el trabajo del orfebre que había labrado sus formas perfectas, la efigie de Cronos en la tapa. Este objeto era un tesoro para mi abuelo Giuseppe.


Aquella mañana se vistió ceremoniosamente, era el día de la boda de mi tío Constanzo, hermano de mi padre; yo entré a su habitación para mostrarle cuán bonita me veía con mi vestido de organza, pero me quedé asombrada al ver a mi abuelo tan arreglado; ese día había decidido afeitarse la barba y el bigote, no pude contener la risa pues se veía sumamente gracioso despojado del abundante bigote que casi cubría el labio superior, y ahora su cara asemejaba la de un changuito. “Por favor acércame el reloj de leontina que está sobre la mesa” me pidió; eso hice pero debo confesar que el objeto me pareció muy pesado para ser tan pequeño; le pregunté al abuelo, él respondió: "El tiempo es un enigma, transcurre a veces sin darnos cuenta, pero siempre deja huellas, como el peso de este reloj heredado de generación en generación; mi niña, no es el objeto lo que pesa, es el tiempo que lleva funcionando, es el tic-tac que ha engordado las entrañas de su mecanismo.


Salimos de la casa, yo con mi vestido, él con su estampa de caballero de otras épocas; la leontina asomaba brillante, pues llevaba el saquillo sin abotonar, subimos al coche que nos esperaba para llevarnos al lugar de la ceremonia; al llegar, mi tío Constanzo lo abrazó, llevaban años sin verse, justo cuando se separaron el reloj cayó, me apresté a levantarlo, mi abuelo se quedó impávido al ver expuesto cada uno de los órganos que mantenían con vida a aquel vetusto objeto, su rostro mostraba serenidad, guardó en la bolsa del chaleco los despojos del reloj, disfrutamos la fiesta, comimos y bailamos hasta el cansancio.


Ya entrada la noche volvimos a casa, el abuelo pidió al cochero que nos dejara unos metros antes de la entrada, para respirar el aire nocturno, la luz de la luna iluminó su rostro, noté que mi abuelo se había quitado varios años de encima.


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