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El misterio más grande

Foto(s): Cortesía
Redacción
In memoriam Puchus, Elo y Bere.

Dicen que el mexicano tiene una relación cercana con la muerte. Es reconocido en todo el mundo el modo en que en México ofrecemos nuestros respetos hacia aquello que es inevitable y que todos tendremos que llegar. Sin embargo, la ceremonia referente al Día de Muertos es justamente eso, un día; durante el resto del año, el mexicano comprende a la muerte rodeado de luto, rezos, llanto. La despedida final hacia un ser querido causa siempre un dolor en el espíritu, que lo deja marcado a uno para siempre.


Hace unas semanas, mi madre me llamó para informarme que una amiga muy querida de la familia había fallecido. La recuerdo a ella desde que yo era niño en cenas de Navidad, Año Nuevo, cumpleaños, velorios, siempre cuidando y acompañando; enterarme de su fallecimiento me hizo sentir acercarme un poco más hacia el destino al que poco a poco habremos de llegar. Los pensamientos lúgubres que acompañan las situaciones fúnebres van siempre cargados de sentimiento. El despedirse de un espíritu en este plano terrenal es una prueba para la fe, que espera el encontrarse nuevamente con ella.


Tan solo unos días después del fallecimiento, un amigo mío me llamó para informarme que su exnovia había muerto. Con la noticia me invadió el desasosiego; la recuerdo bella, joven, sonriendo, alegre, ahora ya no está. La fragilidad de la vida no respeta ni juventud, ni alegría; la muerte es voraz y siempre está hambrienta. Acompañé a mi amigo en su dolor al despedirse de ella todavía sin ser capaz de comprender la situación.


Dicen por ahí que todos morimos antes de tiempo, que siempre quedan muchas cosas por hacer; cuando cierras los ojos para siempre a los 20 años, es evidente que todo lo que pudo haber sido se desvanece: sueños, ilusiones, esperanzas, todo acompaña el cuerpo y se va con el espíritu.


Llevaba yo dos visitas funerarias en menos de 15 días, cuando recibo otra noticia lúgubre. Otra gran amiga muy cercana de la familia, y con parentesco directo con la primera persona que comenté, acababa de fallecer.


Octavio Paz dice que el misterio de la vida solo se compara al misterio de la muerte y considero que tiene razón. El misterio eterno: ¿para qué estamos aquí y qué pasará cuando ya no estemos? Ha acompañado a la humanidad desde sus inicios. Para los creyentes, la respuesta es sencilla, la fe ofrece promesa de compañía y reencuentro; la esperanza de un encuentro en las alturas llena el vacío que se hace en el espíritu, cuando un ser querido abandona el cuerpo.


Ante la naturalidad de la muerte, es imposible permanecer en sosiego. Ver la muerte como tragedia por la desaparición eterna es quizá una incomprensión natural del ser humano; es ahí cuando nuestra propia naturaleza finita entra en contacto con la divinidad y la trascendencia del espíritu hacia otras latitudes, es un deseo natural en el pensamiento natural del ser humano.


Desde estas letras que lees, quiero ofrecer mis respetos para todas aquellas personas que han sufrido la pena de la desaparición de un ser querido y que viven con la esperanza del encuentro eterno.

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