Cuando la noche esconde nuestras casas en su seno, aparecen en el firmamento esas pequeñas lucecitas que llamamos estrellas, y pensamos… ¡qué inmenso es el universo! ¡Cuánta majestad encierra su misterio! Y caminamos lentamente, con un resignado andar de impotencia. Una pequeña piedrecita ocupa justo el lugar por el que nosotros hemos decidido pasar, y una patada es más que suficiente para alejarla varios metros. Es un detalle sin importancia que hemos repetido infinidad de veces. Sin embargo, en la pequeña piedrecita está encerrado, nada más y nada menos, el misterio del universo.
La piedra, esa concreción natural que se distingue del suelo, siempre ha sido sagrada. Desde las piedras de rayo, las hachas-amuletos, los betilos, hasta las combinaciones hebraicas del Pectoral, las piedras siempre fueron veneradas por sus propiedades misteriosas. Y no es de extrañar que tuvieran ciertas propiedades, pues todo en la Naturaleza tiene poderes ocultos que muy pocos conocen.
Las características de las piedras son tan sencillas y humildes que ellas constituyen el primer elemento de adoración al mundo divino. Son la base de todo culto, de toda devoción, y subyacen bajo el espíritu de todas las grandes empresas que en honor de los dioses el hombre se decide a
acometer.
Cuando la piedra habla, la materia se convierte en espíritu, el hombre y la catedral son una sola carne. Más allá de las edades, la piedra nos llama por nuestro verdadero nombre y podemos oír el eco de su palabra, que resuena bajo las bóvedas y repercute de símbolo en símbolo. Como diría san Bernardo, hemos de entrar en la casa que no ha sido erigida por la mano del hombre, en la morada eterna de los Cielos, construida con piedras vivas, que son los ángeles y los hombres.
Y con piedras vivas se construyó Stonehenge, el complejo megalítico situado a 20 km de Salisbury, también llamado el «Baile de los Gigantes». Son piedras impresionantes de varios tamaños y tonalidades que, trabajadas con esmero y dispuestas en círculo, se alzan majestuosamente ante la mirada del viajero a cuya mente acude aquella antigua leyenda céltica que dice que son piedras sagradas y que curan todas las enfermedades.
Y con piedras vivas se construyó la redonda pirámide de Cuicuilco, única en el mundo. Y también las pirámides del país de Kem, el maravilloso Egipto. Un ejército de pétreas figuras está esparcido por toda la Tierra, protegiendo con su muda mirada los restos gloriosos de grandes construcciones, colosales monumentos que se levantaron en su día en honor de los dioses, y que con el paso de los siglos se han convertido en gloria de los pueblos.
En el crepúsculo del día, cuando ya estas palabras llegan a su fin, miro una piedra incrustada en el muro que contempla mis paseos y recuerdo que siempre la he visto ahí. Pienso que si ella contara lo que ha visto, quizá llenara de maravillosas aventuras el vacío deambular en este siglo de caras
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"La piedra, esa concreción natural que se distingue del suelo, siempre ha sido sagrada. No es de extrañar que tuvieran ciertas propiedades, pues todo en la Naturaleza tiene poderes ocultos que muy pocos conocen".
"Cuando la piedra habla, la materia se convierte en espíritu, el hombre y la catedral son una sola carne. Más allá de las edades, la piedra nos llama por nuestro verdadero nombre y podemos oír el eco de su palabra, que resuena bajo las bóvedas y repercute de símbolo en símbolo".

