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EL LECTOR FURTIVO| Madame Bovary

Foto(s): Cortesía
Redacción

¿Es la ficción una de las bellas artes? Así lo promulgaba Walter Besant en las postrimerías del siglo 19. El autor británico afirmaba que la ficción, al igual que la música y la pintura (que él llamaba “sus hermanas”), requerían de una técnica depurada y conocimientos precisos para ser desarrollada, y aunque recurría a nombres como Thackeray y Dickens para ilustrar su punto, quizá nada ejemplifica tal afirmación, como Madame Bovary de Gustave Flaubert.


La obra narra la historia de Emma Bovary, una señorita de la campiña francesa cuya insatisfacción crónica producto del frustrante contraste entre la ilusión y la realidad, la lleva primero a contraer nupcias con el médico viudo Charles Bovary y después, ya casada, a mantener relaciones carnales y platónicas con una serie más o menos larga de amantes que le llevan a vivir experiencias por ella anheladas como viajes, lujos y el amor mismo; aunque nunca de la forma idealizada que ella espera. 


Con Flaubert termina la inocente imagen del escritor en espera de los dictados de la inspiración  y también se derrumba la creencia de que es necesario encarnarse en el personaje mismo. El cuidadoso diseño de la voz narrativa en Madame Bovary es revolucionario en más de un sentido. En primer lugar, Flaubert plantea la impersonalidad del narrador, aquel que no siente “ni amor, ni odio, ni pena, ni cólera” por sus personajes. 


También es revolucionario el planteamiento de un método de investigación que obliga al autor a consultar a diversos expertos para hacer creíbles las descripciones de los procedimientos médicos implicados en la narración; así como la conciencia de que “cada obra tiene su poética”; por eso hay que tomar con reservas la ya mítica frase atribuida sin mucho sustento a Flaubert: “Madame Bovary soy yo”.


La tormentosa vida de la heroína de la historia y su desdichado final constituyó una fuerte crítica a los valores de la sociedad francesa de aquél tiempo, pues reveló la podredumbre de aquel sistema, del cual el mismo autor formaba parte. 


El escándalo generado por la publicación por entregas de la novela en la Revue de París en 1856, y su consiguiente éxito, obligó a la autoridad a procesar a Flaubert y a su editor bajo los cargos de “ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres”,  circunstancia que  compartió en el mismo 1857 con otra obra maestra “Las flores del mal” de Charles Baudelaire, aunque esta fue del todo condenada y prohibida; no sucedió así con la obra de Flaubert, gracias a que la muerte de su protagonista dejaba entrever un resquicio de moralidad burguesa que el abogado de los acusados esgrimió en su defensa.


Un último detalle ilustra al dedillo la hipocresía del sistema burgués. El feroz juicio de inmoralidad que se siguió a Madame Bovary fue llevado por el Fiscal Imperial Ernest Pinard, y se refirió a la obra como “…admirable desde el talento, pero execrable desde lo moral”; pues bien, a este mismo fiscal se le atribuye una colección de poemas eróticos anónimos bastante indecentes.


 

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