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El Lector Furtivo: Emilio García Riera

Foto(s): Cortesía
Redacción

Fue verdad, pero pareciera un sueño; la maestra Ana García Bergua impartió un taller de novela en Oaxaca y preguntó a los talleristas cuál era el autor que más habíamos leído. Yo, tan variopinto en gustos literarios, no atiné a mencionar un autor en particular, sin saber que estaba frente a la hija del escritor que más había leído hasta entonces. Mi temprana afición por el cine, me llevó a conocer la obra de Emilio García Riera y en el momento de la pregunta había leído de él: Historia del cine mexicano (1986);  los 18 tomos de la magna Historia documental del cine mexicano; los 4 tomos de México visto por el cine extranjero, además del libro Los hermanos soler y el autobiográfico El cine es mejor que la vida.


Nacido en Ibiza, España un 17 de noviembre de 1931, Emilio García Riera llegó a México a los 13 años, pero poco antes, su familia se instaló por un breve tiempo en República Dominicana, donde ocurrió la “desgracia”, así dice el referido, de que el dueño de un cine y amigo de su padre, le obsequiara un pase permanente a su local, mismo del que gozó durante un par de años. Tomando en cuenta que aquel cine ofrecía una película distinta cada día, se pueden imaginar cómo el jovencísimo Emilio se convirtió en un cinemaniaco irredento.


Egresado de la Facultad de Economía de la UNAM, pronto comenzó a ejercer de crítico cinematográfico, tarea que desempeñó con éxito en medios como México en la cultura, La cultura en México, Revista de la Universidad, Política, Excélsior, Proceso, Uno más uno y La Jornada.


García Riera hizo también sus aportaciones al cine nacional como guionista de algunas películas, entre ellos En el balcón vacío (1961) y En este pueblo no hay ladrones, (1964), colaborando con los directores Jomi García Ascot y Alberto Isaac, respectivamente; pero sin duda, uno de sus legados más importantes es el haber dedicado toda una vida a documentar el cine mexicano.


Una buena parte de mi infancia la pasé frente al televisor viendo cuanta película tuviera al alcance. Quien conoció la programación de los años 80 sabrá que el cine nacional (en blanco y negro) tenía una presencia preponderante, construyendo identidad y fomentando los valores “nacionales”, entre ellos el machismo mexicano de pistola y sombrero, y el culto a la madre guadalupana. Para ello, el cine mexicano echaba mano de todos los géneros: había para los gustos más variados, cine de aventuras, comedias, tragedias y melodramas. De todo eso, yo era público cautivo.


Emilio García Riera, como dice Luis González y González, supo construir “una historia verídica, académica y respetable de nuestro principal recreo”. Gracias a su prosa amena y elegante pude organizar aquellas imágenes que, como en un sueño, poblaron mi infancia. Supe apreciar también, que más allá de las figuras de Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, Tin- Tan, Sara García, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, María Félix y todos los hermanos Soler, había un ejército de hombres y mujeres que daban vida, desde sus diferentes tareas creativas, a la entrañable  industria cinematográfica nacional. 

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