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El cordón que une las flores estas letras que lees

Foto(s): Cortesía
Redacción

Este viernes 8 de mayo se cumplen 129 años del fallecimiento de quien quizá sea una de las mujeres más importantes para la salvaguarda del pensamiento humano: Helena von Hahn.


Helena nació un 12 de agosto de 1831, del matrimonio de un coronel alemán y una aristócrata rusa; por parte materna se encontraba relacionada directamente con la familia del Zar. Cuando apenas tenía 11 años, fallece su madre; y su padre decide enviarla lejos de Moscú, a Sarátov, una provincia gobernada por su abuelo, en donde estuvo al cuidado de sus abuelas. Ahí entra en contacto con el esoterismo, leyendo obras de la biblioteca de su abuelo, un iniciado en la masonería del siglo 18.



Siendo una mujer del siglo 19, se esperaba de Helena que contrajera nupcias y volviera a la corte zarina, por lo que, con 17 años se casó con un coronel, quien le daría el apellido con el que sería reconocida por el resto de su vida: Blavatsky.


Después de un infortunado matrimonio, el cual nunca se consumó, huye sobre un caballo atravesando las montañas y a partir de ahí comienza un peregrinaje de tres años en los que recorre Egipto, Turquía y Grecia. Con 20 años de edad, se encontró en Londres con un maestro iniciado que reconoció como un personaje de sus sueños de la infancia, con quien mantendría contacto hasta la muerte.


En 1851, Helena Blavatsky emprende un viaje hacia Canadá, viajando por varias partes de Estados Unidos, México y Sudamérica, para después embarcarse hacia la India, atravesando el Océano Atlántico Sur, para llegar al Tíbet. Su primera tentativa de ingreso al país fracasa, por lo que en 1855 decide reintentarlo de manera ilegal. Una vez atravesadas las fronteras se reúne con su maestro y ella se convierte en su aprendiz. Ahí permaneció hasta 1858.


Después de años de meditación y aprendizaje, salió del Tíbet y viajó a través de Francia, Alemania, para luego volver a Rusia, en donde tuvo una breve estadía, pues pasaría cinco años viajando en el Cáucaso (entre el Mar Negro y Caspio), conociendo los Balcanes, Georgia, Siria, etcétera, para después, hacia 1873 y por instrucciones de su maestro, comienza una nueva peregrinación hacia París y de ahí hacia Nueva York, donde sus ideas y aprendizajes obtenidos comenzarían a despertar interés entre la pragmática sociedad norteamericana, quienes incapaces de comprender los complejos pensamientos proporcionados, lo reducían a un espiritismo fantasmal, más interesado en hablar con los muertos, que en la trascendencia del espíritu.


Como escritora es descomunal; más de cinco mil páginas en las que deja un registro permanente de sus viajes y aprendizajes, compartiendo el conocimiento adquirido en sus años de travesías y meditaciones en el Tíbet, en una época por demás complicada para ser mujer.


A pesar de la importancia de sus escritos, Helena Blavlatsky comentaba que su labor había sido la de simple recolectora y la ejemplificaba como el listón que une el ramo de bellas flores; las flores (el conocimiento) se encuentra libre en la naturaleza, ella lo juntó, lo unió y lo compartió a la humanidad.


Cuando falleció, tenía 60 años de edad.


"Helena Blavatsky llega en 1873 a Nueva York; ahí, sus ideas y aprendizajes  comenzarían a despertar interés entre la pragmática sociedad norteamericana, quienes incapaces de comprender los complejos pensamientos proporcionados, lo reducían a un espiritismo fantasmal, más interesados en hablar con los muertos que en la trascendencia del espíritu".



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