-Doña Lufa, ¿sabe si por aquí cerca vive alguna familia con un niño pequeño?
La señora se le quedó mirando con un gesto de sorpresa que después se convirtió en un dejo de angustia.
-No, nadie vive aquí cerca. Mi casa es la última del pueblo, y ya ve que está lejos.
-Anoche, un niño pequeño jugaba ahí donde está el nacimiento de agua. No logramos verlo bien porque corrió cuando nos acercamos. Lo raro es que se escuchaba un columpio. Qué le pasa, doña Lufa. ¿Por qué llora?
-Ese niño… es Goyito, mi nieto.
-¿El niño que vino anoche, es su nieto? ¿Cómo es que lo dejan solo a esas horas?
Negando con la cabeza, la señora suspiró varias veces. Poco a poco el llanto aminoró, hasta que pudo decir.
-Mi nieto murió hace más de diez años.
-No puede ser su nieto, Lufa. Este niño está vivo, escuchamos su risa y lo vimos correr.
-Es él -dijo levantándose-. Venga, mire.
Doña Lufa señaló hacia el eucalipto que está cerca del nacimiento de agua. Colgando de una de las ramas del árbol están dos trozos de acero trenzado manchados de óxido.
-Ese era el columpio de mi nieto, su papá se lo hizo para que el niño jugara. Decía que cuando se mecía en él, podía ver a su mamá, que lo abrazaba para que no se fuera a caer. Faustina se llamaba, era mi hija.
Las lágrimas escurrían despacio, sin ruido por sus mejillas.
-Ella tenía apenas 20 años. Un día empezó con un dolor en el vientre que por la noche se hizo más fuerte. Luego le empezó la hemorragia. Mi comadre le puso los cataplasmas de penca de maguey caliente con sebo de toro, pero ya no se pudo salvar.
Tras un rato de silencio, continuó.
-Mi Goyito tenía 4 años cuando murió su mamá. Aquí vivían, en esta casa. Cristóbal, mi yerno, le colgó ahí un columpio a su hijo. Desde que murió Faustina, solo vivía para cuidar al niño. Un día que fue a apersogar sus animales, cerca del arroyo de la rinconada, dejó al niño durmiendo; cuando regresó, no lo encontró. Llegó corriendo a la casa a ver si Goyito estaba con nosotros. Mi esposo lo acompañó a buscarlo por el monte; como se tardaban mucho, salí a buscarlos. Me eché a caminar por toda esta vereda, estaba llegando cuando oí los gritos. Del pecho de Cristóbal, colgaban los bracitos de mi nene, su cabellito todo mojado, y su ropa igual. Se había ahogado mi niño. ¡Ay, señora! ¡La desgracia nos cayó!
Nora escuchaba sin saber qué decir.
-Mi yerno de plano se tiró a la borrachera. Yo creo que estaba perdiendo el juicio, porque decía que Goyito venía a verlo, que lo mecía en el columpio. Un día, así nomás, mi yerno desapareció. Nadie nunca lo volvió a ver.
Nora enjugó una lágrima y apretó suavemente la mano de la señora.
-La gente que pasaba de noche por aquí, decía que escuchaba la risa de mi niño y el columpio. Vino el padre a bendecir todo el lugar y dijo que era mejor que lo quitaran para que el alma de Goyito descansara en paz. Mi esposo cortó los cables y nomás se quedaron esas puntas que se ven colgadas. Eso pasó hace más de diez años, señora. Por eso es que nos animamos a rentarles la casa.
-Ya está todo en el carro, Nora. ¡Vámonos!
Con un suspiro ella subió al auto; Manuel, sonriendo, en señal de despedida, agitó la mano que sacó por la ventanilla.
-¿Quién es?- le preguntó Nora.
-El niño que vino anoche- contestó él.
