Voz, palabra, canto, poesía, vínculo, sonido, son vocablos que se convierten en ecos cotidianos, parte de una cajita de herramientas cuando se habla del tema de por qué es importante la lectura desde los primeros años; ahora vamos a agregar oralidad.
¿Por qué resulta acertado hacerle cosquillas a esta palabra? Si por lo general desde que el niño es ingresado al mundo del adulto, ya sea en el plano familiar o escolar, se le pide guardar silencio. Recuerdo los domingos en la casa de mis abuelos; nos juntábamos los primos y la casa desbordaba risas y llantos; en esa melodía cíclica muchas veces se mezclaban las reprimendas; llegada la hora de comer, ya en la mesa, el abuelo decía que o comíamos o hablábamos, que como estábamos en la mesa comiéramos y guardáramos silencio.
El bullicio infantil puede llegar a ser molesto, sin embargo, de lo más bello que ocurre en los primeros años de vida es el balbuceo, pues anuncia la llegada de las tan añoradas palabras; más de una vez he escuchado tiernas expresiones de madres que recuerdan las primeras palabras del bebé, las asociaciones a la madre, al padre, o simplemente al acto de pedir agua, pan, leche. Esa maquinaria de producir vocabulario puede acelerar su producción, ralentizarla o quizá frenarla, pues para que suceda cualquiera de estas situaciones, ha de haber terreno propicio; la familia es determinante.
Otro recuerdo que llega como anillo al dedo es el de mi amiga “la platicona”, solía decir que hablaba mucho porque en su familia todos hablaban hasta por los codos, eso era casi increíble hasta que los conocías y efectivamente comprobabas que para ellos todo era tema de conversación; recuerdo el contraste con amigas muy calladas y serias, cuando tocaba ir a su casa a hacer algún trabajo, reinaba el silencio.
En mi práctica profesional me gusta observar el uso del lenguaje, lo que mis alumnos expresan mediante la oralidad y cómo lo hacen. Ciertamente existen panoramas escolares llenos de reglas sobre el tema de “guardar silencio”; en lo personal me gusta escuchar las voces, no me agrada un salón en silencio, me gusta mezclar mi materia con la lectura de cuentos, con el relato de ficciones, me maravilla sorprenderme con la paulatina apertura de los más callados, comprobar que nunca es tarde para convocar a la oralidad.
