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Desilusiones de Mezcal

Foto(s): Cortesía
Redacción

¿Está bueno el mezcal?, fue la pregunta que me hizo volver al presente. Entonces, vi cómo los trabajadores del Panteón General terminaban de rellenar la tumba. Respondí ensombrecido: “no hay malos mezcales para estos momentos”. Bebí de golpe el primer caballito dispuesto a olvidar al miércoles, al desempleo y las calles estaban bloqueadas. El sabor y la fragancia del mezcal cubrieron las partes vacías de todo ese día. Estábamos ahí por ti, Sandra, con tus 28 años apenas vividos.


¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? Tal vez en la boda de tu hermano o en la última fiesta de la santísima María Magdalena, te vi con tu vestido de flores, llena de rubor, sonriendo a un lado de las tías, las primas y la gente del pueblo. Ese día fue la regada y te acercaste a mí, sonriendo me ofreciste mezcal, no les hagas caso me dijiste y rellenaste mi carrizo; entonces yo no sabía de tu mal, de tu cáncer.


Siento no haber tenido la fuerza para verte en el féretro, lo pienso ahora que uno de los tíos me ofrece otro caballito y mi tía Angélica (tu madre) llora frente a tu tumba. Todos me dijeron que te veías muy tranquila, que estabas en paz, pero aquello me ofendió, ¿cómo puedes verte bien estando muerta, tan ajena y serenamente muerta?


¿Cómo ves el mezcalito? Era lo que te hacía falta, me dice otro tío mientras me ve aguantarme el llanto y mis ojos son dos pozos de un agua rebelde y alevosa. El mezcal, la tumba y la familia me hacen ir y volver en recuerdos que se transparentan y se recrean frente a mí. Aquella noche en que la tía Elvia nos llevó a la matanza, no puedo apartar de mí tu rostro infantil de 12 años, la impresión de la muerte sometía tus gestos, tomaste mi mano y dijiste primo, entonces la tía Elvia hundió su cuchillo carnicero en lo profundo de aquel animal sometido. Nos paramos junto al cadáver y en la sangre derramada vimos nuestro reflejo, éramos dos sombras en la profundidad carmesí de la muerte.


Ese mismo día supimos a qué sabía el mezcal y el espanto. Mi abuela Toña nos rameó en el patio de la casa, no estabas acostumbrada a las rutinas del pueblo y yo era demasiado torpe para advertirlo, mi abuela nos escupió el mezcal en la cara y los dos comenzamos a llorar.


Tu hermano acaba de acercarse para ofrecerme otro mezcal, este es arroqueño, me dice, y yo comienzo a sentir que nos alejamos de tu entierro y comenzamos la celebración de haberte conocido; inevitablemente me uno al llanto de toda la familia, ¿por qué tenías que morir tan joven?, me pregunto mientras el aire de febrero sacude todas las ramas y golpea la verdinegra cantera del Panteón General. ¿Cómo contarte todo esto que sucede mientras tú habitas el subsuelo, el submundo, el inframor de la historia de nuestra familia?


Poco a poco la tarde cae y el mezcal va traduciendo las emociones, mi tío Fidel (tu padre), le ha pedido al mariachi que toque Un puño de tierra, cuando comienzan a tocar me percato de que las tías también beben y no dejan de abrazar a tu madre. La tarde se cubre de nubes grises que bajan del norte y que todos sentimos como la presencia irrefutable de tu muerte. Una nube como un trago de mezcal, una nube para anclar el deseo de traerte a nosotros prima chula, primita, 28 años como 28 caballitos del mezcal más puro y transparente para acercarnos a ti, para elegir el día y la hora en que podamos adivinar tu sonrisa, tu malhumor o el calor de tus manos. Una nube para intentar dibujar la brevedad de tu rostro, de tu cara mínima de facciones y delirios.


¿Otro más?, me preguntan y no lo dudo, mi caballito cobra vida y me susurra lentamente que te has ido, que todo lo que sucede no es un sueño, que el llanto de tu madre y las tías es un golpe que suavemente abre una grieta en lo real, en lo sanguíneo, en lo finito.

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