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Denarios: Philbert

Foto(s): Cortesía
Redacción

"Y ahora, el señor Philbert nos dirigirá unas palabras", escuchó por los parlantes con el terror reflejado en ese rostro que parecía derretirse al contacto de las miradas de su público. 


Desde que nació, el miedo ya anidaba en su cuerpo. Con el tiempo los fue venciendo todos, solo se quedó con el pavor que sentía a hablar en público. Recuerda que en la primaria intentó declamar "Los motivos del lobo" de Rubén Darío y dijo: “El varón que tiene corazón de lis/ Alma de querube, lengua celestial/ el…el…el mini…” y entre lágrimas y las risas de sus compañeros lloró su fracaso. 


En la secundaria no le fue mejor, durante ese trienio escondió su rostro anhelando ser invisible, sospechó que su maestro de música no era ajeno a su secreto cuando lo escuchó decir: “Como examen final, cada uno pasará al frente del grupo y cantará una canción”. Philbert sintió que el piso se desmoronaba bajo sus pies, cayendo en la densa oscuridad donde habitaban los demonios de las palabras. Sudoroso, pálido y con las manos temblorosas como un terremoto, se plantó ante sus compañeros y con una voz desinflada trató de cantar: Que te deje yo, qué va/ si te estoy queriendo tanto/ en tus ojos hay dulzura/ y en tus besos la ternura/ que me llenan de ilusión. Fue una experiencia alucinante que lo dejó ausente por unos minutos. 



Cuando Philbert tenía 24 años, se inscribió en la Escuela Superior de Maestros, donde quería especializarse en Física y Matemáticas para conseguir una plaza en alguna escuela secundaria. Pronto destacó en sus materias y sus compañeros querían pertenecer a su equipo de trabajo.


Llegó la fecha del examen final y, contrario a lo que Philbert creía, la prueba sería oral y en equipo. De nueva cuenta  sintió el pánico recorriendo su cuerpo y pensó que no podría decir una sola palabra frente a sus compañeros. Su equipo al que pertenecía se sentía seguro, pues su participación era garantía para aprobar el examen. 


Esa noche no pudo dormir; “¿qué voy a hacer mañana?” se preguntaba.  “¿Y si no me presento a la escuela, reprobaremos todos?”  Al día siguiente se levantó temprano, se aseó, desayunó tranquilamente los chilaquiles rojos que le preparó su mamá, encendió su moto “Islo modelo zorrita” de 125 centímetros cúbicos color naranja y se fue a la Normal de Maestros. Sin atreverse a entrar se plantó en la entrada de la escuela con el motor encendido, arrancó y le dio una vuelta a la manzana, después a dos, luego a tres y finalmente salió huyendo. No se detuvo, y en esa pequeña motocicleta siguió rodando su desventura durante cien kilómetros.


Ahora está ahí, parado ante ese micrófono que se quiere tragar sus palabras, frente a cientos de ojos que parecen escrutar sus pensamientos. Philbert vuelve a sentir ese terror que lo abraza y le recuerda el día en que huyó en su motocicleta naranja. Quiere alejarse del micrófono, bajarse del templete y huir para siempre, pero en los altavoces solo se escucha una voz desinflada que dice: “Buenas noches, sean todos bienvenidos a esta reunión”.


 


“De nueva cuenta  sintió el pánico recorriendo su cuerpo y pensó que no podría decir una sola palabra frente a sus compañeros”.


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