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De regreso a casa

Foto(s): Cortesía
Redacción

La noche anterior al viaje de vuelta al hogar, me atreví a pedirle a mi abuelo que hiciéramos un recorrido por cada habitación de la casona; mis ideas descabelladas eran bien acogidas por él, así como por mis abuelos maternos; en realidad parecía que todos estábamos conectados en la sintonía tenebrosa de las historias sobrenaturales.


Mi madre no terminaba de comprender mis pensamientos; en realidad ella y yo pasábamos poco tiempo juntas, su inclinación desmedida por las obligaciones laborales se traducía en la constante distancia entre nosotras.


Iniciamos el recorrido con la luz desnutrida de una lámpara, jugamos a los fantasmas acompañados de los recuerdos, susurramos en la oscuridad los nombres de quienes ya habían partido. Al entrar al cuarto en que mi padre había pasado su infancia, pronuncié su nombre. Desde el ventanal y con la complicidad de la luz de luna vi más allá de la noche; mi anhelo de sentirlo cerca, de abrazarlo, el deseo de que volviera a la vida para jugar, para viajar, para estar juntos; de pronto la mano de mi abuelo se posó en mi hombro y me dijo “déjalo ir hija, yo lo hice, él está con su madre, date cuenta que se hace presente de muchas formas en tu vida, pero  sólo tú sabes cómo percibirlas, quédate con esa magia”. A partir de ese momento comprendí que Giuseppe tenía razón, atesoré sus palabras para siempre. Partimos cuando aún no amanecía, las aves comenzaban a cantar y el frío matinal nos helaba las mejillas. Antes de subir al auto que llegó por nosotros, mi abuelo me dijo: “No te lleves nada, lo de esta casa se queda en esta casa”, así que con cierto rubor saqué de mi bolsillo la fotografía en que aparecía con Beatrice e Ítalo y se la entregué.


Viajamos durante varios días, hablamos mucho; en ese trayecto también aprendí el lenguaje del silencio, escuché las voces que se cuelan cuando todo está en calma. Finalmente me atreví a preguntar a mi abuelo: “¿Me parezco a ella, verdad?” Mi abuelo respondió que le gustaba comprobar que tanto Ítalo como Beatrice seguían vivos cada vez que me miraba. Regresé a casa y lo primero que hice fue abrazar a mi abuelita Manuela, tomamos chocolate y le pedí que me contara un cuento antes de cerrar mis ojos.


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