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COLECTIVO CUENTEROS| Se solicitan lectores

Foto(s): Cortesía
Redacción

Eran los días en que una oaxaqueña vistió Prada en la portada de Vogue y un perro callejero, también oaxaqueño, se hizo famoso por devorar fuegos artificiales que cagaba convertidos en laics. A los oaxaqueños les sonreía la suerte, tan arisca con ellos desde los tiempos de don Porfirio. Y animados por la buena racha, los escribecuentos viajaron a la capital a entrevistarse con el ministro de cultura: don Sergio Mayer.


En la oficina donde fueron atendidos, había una gran foto de él. No la de la playera de leopardo que los periódicos reproducían sin descanso, sino una de muy joven y vestido de charro. Faltaba la del Mero Mero que veían en las oficinas gubernamentales en el sexenio anterior, y en donde, por cierto, los pretextos se repetían: “La gente quiere leer historias que exalten la bondad del indígena”, “¡De la guelaguetza o los alebrijes!”. “Pero ¿quién toma en serio la poesía o la sátira de un oaxaqueño? ¡¿Metaliteratura?!”.


Lo primero que le aclaró uno de ellos al ministro, fue que aunque la palabra cuento remite a la infancia, no escribían para niños. El ministro pensó que era bueno saberlo; ellos, que saldrían de ahí con buenas noticias.


¿Que cómo sé lo que pensaba todo mundo y tanta cosa? ¡Sííííííí! Soy yo otra vez, el narrador de Pirinola, del mismo autor, claro, yes of course, man. ¿Cómo has estado, tú? Yo aquí, narrando como voz de mensaje de texto para vivir como narrador de cuento clásico. Y si no conoces ni mi método, ni a mí —¡qué novedad!— busca Pirinola y ya, deja de retrasarme, que esta historia no se narra sola.


El ministro llevaba una pañoleta azul en la cabeza.


—Es de cuando pertenecí a Garibaldi —les dijo—. La uso porque las oficinas son frías y la austeridad nos obliga a prescindir de la calefacción.


Una integrante de la comitiva le confesó haber estado enamorada de él en la época de la bolita que subía y bajaba. 


—Modestamente, estaba yo de muy buen ver —respondió señalando las sillas de plástico y se acomodó detrás de una mesa de madera.


Les preguntó si eran los que insistían en presentar personalmente un proyecto. En chinga le aclararon que lo que llevaban era una solicitud para recibir un proyecto.


—Ahora, gracias a la cuatro te, una cosa es automáticamente la otra —les dijo.


Le confesaron su entusiasmo por su declaración a la prensa: “No habría durante su gestión sueño de artista imposible de cumplir o renunciaría”, y el mosquita muerta del grupo sacó una bolsa con panes de yema de Juquila.


—Le trajimos aunque sea esto —le dijo. 


—No se hubieran molestado —Puso la bolsa sobre un folder—. Lo que desean es publicar, ¿no es así? 


—No, señor ministro, publicar lo conseguimos ya por nuestra cuenta —le respondió Monsieur Grapain, la estrella del grupo que con “Cuentos y recuentos contigo” había conseguido un lugar en la universidad de Stanford—. Lo que venimos a pedir son lectores.


—Ah caray —respondió el ministro—. Eso es más difícil. 


Le contaron que ya publicaban en el periódico más importante del estado de Oaxaca, y también la teoría del niño de la papaya, que consiste en que nadie lee el periódico; nadie, excepto los políticos las notas favorables recortadas por sus secretarias; las señoras elegantiosas, la sección de sociales cuando ellas aparecen; los anunciantes sus anuncios; y así, sigue enlazando referencias, es tan divertido como resolver crucigramas. Volvamos a la teoría: el periódico se usa, en el mejor de los casos, para envolver papayas en el mercado; un día, en un pueblo lejano, un niño desenvuelve la papaya, curiosea la envoltura y descubre, ¡oh my god!, el cuento publicado. Esta teoría, no entra en detalles, y no se sabe si el niño lee sólo la primera o la segunda parte. El niño lee y punto: cobra sentido haber publicado. Le contaron además, que antes publicaban en otro periódico, al que en su momento también llamaban el más importante del estado, hasta que los corrieron porque la de los cuentos sexosos se coló de madrugada a sus imprentas para escribir verga en el texto que le publicarían ese fin de semana; pero ni en el diario más importante del estado, ni en el diario más importante del estado, consiguieron aumentar sus lectores. Los ignoraban los lectores de La Jícara, las damas literarias de los desayunos con sabor, los pacientes aburridos en los consultorios médicos, los clientes de los lustradores de calzado en el zócalo, los amantes de los martes de poesía en Babel y los presos sin visita de los penales de Ixcotel y Miahuatlán.  Y aquí acaba mi espacio en el periódico impreso. Nos leemos mañana. Ahora que si estás en la versión en línea, ya sabes, no dejes para mañana lo que puedes hacer en un mes.


El ministro, harto de tanta queja y anécdota que no iba para ningún lado, les contó que en sus editoriales, cualquiera podía publicar si cumplía el requisito de presentar un manuscrito. No había que revisar ortografía ni gramática —el sueño de García Márquez y Sabina Berman—; incluso, si el libro no tenía desenlace, se le asignaba un escritor que lo finalizara. Sí; gracias, genie, yo también noté que requisito y manuscrito riman, no dormiré buscando sinónimos. Y eso les ofrecía él: publicar, porque hasta ese momento, las solicitudes giraban en torno de la urgencia primaria de todo creador de arte: exponer su obra. 


—La gente ya no lee si no es a través de las redes sociales —les dijo—. El éxito se mide por laics. La historia de la chica que le rompe al novio en la cabeza la muñeca que le regaló sin saber que está desahuciado, es un best seller, ¿lo han leído?


Algunos dijeron que sí, otros que no, y esto y la chingada. Luego, el ministro contempló por la ventana el cielo predecible de la capital: una analogía de la desgracia inexorable del artista, esperanzado en conciliar realidad y sueños. El viento jugaba a recortar el paisaje en la oleada de la cortina que lamía parsimoniosa la lustrada madera del dintel. ¿Ah, verdad? Ya sabes, la cuota obligada para pretender que esto tiene elementos para inscribirse en la literatura. Aunque no faltará el crítico literario que diga que esto es lo que menos literatura parece.


—Esperen —les dijo Mayer, y salió. 


Aquí seguía una escena en la que Mayer regresaba con Paco Ignacio Taibo II y se aventaban un discurso sobre cómo conseguir lectores, pero sin la solución, por supuesto. El caso es que se enteran de que ahí no van a encontrar lo que buscan. Paco Ignacio sale y se quedan otra vez solos con Mayer.


Monsieur Grapain, autor también de Más papista que el Papa y Poeta —el primero, el único cuento que dio fugaces lectores al colectivo; y el segundo, el que sutilmente dice al mundo que le valen madre algunos lectores—, le contó que la etiqueta de oaxaqueños les cerró por años las puertas de las editoriales.


—Los entiendo —dijo el ministro—. Nosotros no hemos podido volver al estudio porque dicen que no cantábamos. Comparados a los de ahora, lo nuestro era ópera.


Monsieur Grapain continuó. 


—Las editoriales nos hacen el favor de llevarnos a la feria del libro a grandes escritores de la talla de Pepe y Teo —fans de Pepe y Teo, arriba los datos del autor, yo respeto a los youtubers—, pero nosotros debemos conformarnos con levantar un puesto de antojitos afuera del centro de convenciones. 


Seguían unos diálogos ingeniosísimos que intentaban justificar el cuento —te juro que antes de tanta edición, esto sí parecía un cuento—, aflorar el conflicto, hacerlo analizable, pero a estas alturas esto no tiene ni pies ni cabeza y los personajes podrían empezar a hablar del clima y daría igual, así que saltemos a la recta final.


—Ha comenzado a hacer frío —dijo Monsieur Grapain.


—Cerraré la ventana —les dijo el ministro—. Afuera se nota que hace calor.


--¿Ves? ¿Qué te dije?


—Originalmente coordinaba los trabajos en la cámara de diputados —continuó Mayer—, pero la gente insistió en verme como ministro de cultura. El caso es que como desde que el país es país, la gente está pendiente de quién ocupa cada cargo y protestan si no es el indicado, y además somos de izquierda y todo nos lo magnifican, si les consigo lectores me obligo a conseguírselos a los demás. Les sugiero que se conformen, como todos, con la publicación, las becas, las subvenciones. Si están de acuerdo, manos a la obra.


—¿Pero, de qué nos sirve publicar sin la seguridad de que nos van a leer? —insistió Monsieur Grapain.


—A ustedes, no sé —respondió el ministro consultando su celular—. Pero yo habré cumplido. ¡Carajo! —exclamó, pero sonriendo de modo que entendieran que el carajo no iba dirigido a ellos—. Así no hay manera de cumplir. Ni bien la gente consigue lo que ha pedido por años, ya quieren lo que les puede costar otros tantos.


Y ya… Estoy consciente de que es un final apresurado, pero no me jodas, ¿de verdad te importa saber qué ocurrió con los personajes? Si de plano sí, pues sé creativo, eso es… ¡este es un final abierto! 


Como dicen los que se sienten fresas atareados: baib.


Nota 1: Los diálogos de Monsieur Grapain son ficticios. Él no conoce a Pepe y Teo. Y no le valen madre algunos lectores, aunque su cuento Poeta diga lo contrario.


Nota 2: Los comentarios vertidos en el cuento son responsabilidad del narrador omnisciente y no reflejan el modo de pensar del autor.


 

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