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Colectivo Cuenteros| Mujer dormida (primera de dos partes)

Foto(s): Cortesía
Redacción

Vista de lejos, la Iztaccíhuatl es una mujer dormida. Para los antiguos mexicanos era la diosa de la muerte. Una cordillera de varias montañas forma su perfil recostado de norte a sur y Rodrigo y yo aprovechamos su sueño perpetuo para recorrerla. Llegamos por Cholula, repitiendo la ruta de Cortés. Dejamos abajo el bosque de coníferas con toda la vida que alberga; veo saltar un teporingo y lo considero de buena suerte.


Pasamos la noche en un refugio; tiene unas literas de madera que parecen de claustro y una chimenea que no sirve porque llena el cuarto de humo, pero estamos protegidos. Antes de las cuatro preparo el café. Ya me vestí con varias capas de ropa térmica y tengo lista mi mochila con las provisiones y el equipo que he revisado obsesivamente. Aunque entreno, saliendo a correr de madrugada para acostumbrarme al frío y a la oscuridad, este momento siempre me da nervios. Me asomo y me emociono con los millones de estrellas que hay en el cielo. Estrellas fugaces aparecen de repente y luego se caen, no sé dónde, en la nada.


Sobre el monte se ve una hilera de cuatro luces moviéndose al mismo tiempo; es el grupo que subió ayer. El eco alarga los aullidos de coyote. Dicen que los coyotes están liderados por una perra; me cuesta creerlo pero me gusta la idea. No dejo de temblar mientras Rodrigo se anota quiénes somos y a dónde vamos en el registro que está en un buzón. Echando vaho por la boca, repasa la ruta: los portillos, el ojo de buey, el paso del jabonero; me hace gracia la esencia descriptiva de los nombres para una roca con un hoyo, una zona resbalosa…


Empezamos por unas veredas que hay entre el zacate amarillento. A la luz de mi linterna veo rosas de nieve; son raras, tienen unos pétalos anchos y espinosos que parecen de paja; su belleza es muy diferente a la de las otras rosas. Pasamos cerca del arbolito, el último; de ahí para adelante ya no hay nada vivo.


Vamos encontrando cruces con epitafios: al experimentado… al descubridor… al primero... Me hacen pensar que esos alpinistas se murieron aquí sin importar cuánto conocieran la montaña, como si más bien fuera un asunto de probabilidades.


—No me encantan las cruces— digo. -Van llenando el paisaje de símbolos mortuorios.


—Venir a ponerlas puede ser el consuelo de los familiares —dice Rodrigo.


—Entiendo, pero para qué hacer un panteón. Si te toca aquí, el consuelo sería que estabas haciendo lo que le gusta.


—No venimos solo porque nos gusta. Está lo otro, ya sabes, junkies de adrenalina. Y la dosis está en el riesgo, en evitar el destino del que se cae, del que se pierde.


Concedo el punto y cambio el tema. No necesito desatar mis fantasías catastróficas. Después de un rato de caminata silenciosa pasamos cerca de los Pies, un macizo puntiagudo que de lejos se veía pequeño, pero es inmenso desde aquí, a los pies de los pies. Rodrigo señala unas rocas altas y escarpadas, casi verticales; las llama farallones. Vamos ascendiendo por una arista que serpentea entre el este y el oeste, de manera que vemos despuntar el día en el valle de Puebla y luego regresamos a ver la noche en el de Chalco. Descanso un momento, disfruto la tibieza de un incipiente rayo de sol y me lleno de entusiasmo. Con la luz aparecen las profundidades, los colores. Rodrigo se sienta a mi lado.


—De repente me siento como si estuviera en un viaje de hongos.


Me río con los labios adormecidos por el frío.


—Te entiendo, es el esfuerzo y la enormidad de lo que hay aquí. —Pero yo sé que es la altura; aquí todo está en aclimatarse a la altura.


Trepamos por una rampa de arena suelta. Apoyada en el piolet, en ese momento mi mejor amigo, doy dos pasos y me resbalo tres. A cada rato se me viene a la cabeza el título de un libro: “Los conquistadores de lo inútil”. Lo aplico a mi momento, a este empeño absurdo. Nos detenemos a tomar agua. Rodrigo no se siente bien, ha vomitado varias veces; en la última hora se le hundieron los ojos y los cachetes. Le duele la cabeza.


Le ofrezco la pócima mágica: naranja con sal. También unas aspirinas. La sal lo reanima, el beneficio es inmediato; eso me alegra porque vamos a entrar en la zona que llaman del arrepentimiento, donde tenemos que escalar piedras que son mucho más grandes que nosotros.


Veo el roquerío y me pregunto por qué no estoy en la sala de mi casa viendo una película sobre las tragedias del Everest. Por qué no le hice caso a mi mamá, que dice que éstos son gustos de cabra. Me estoy sintiendo muy ansiosa, con miedo de no poder salir de aquí, de no regresar, de dejar a mis hijos huérfanos.

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