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Colectivo cuenteros | Misa de cuerpo presente

Foto(s): Cortesía
Redacción

Aunque debo reconocer que mi padre era dedicado en su trabajo, esmerándose en ser puntual y responsable, hasta que lo despidieron porque planeó un auto asalto: reunió a un par de conocidos y les dijo que en un trayecto solitario de su ruta, ellos lo interceptarían armados para despojarlo de todo el efectivo. El plan se frustró cuando uno de sus compañeros, a quien mi padre le comentó su plan, lo acusó con el gerente. La honestidad e inteligencia no lo caracterizaron. ¿Pero, quién soy yo para juzgarlo?


12:14 Llego al atrio de la iglesia y veo a mucha gente; para mi suerte, la misa no ha comenzado. Me pregunto si de verdad lo apreciaron, o sólo acuden por morbo. Supongo que una gran parte son familiares. Mi padre nunca procuró que yo conviviera con sus hermanos, primos, tíos. Este privilegio estaba asignado para la esposa con la que vivía y sus hijos, no para mi madre, ni para mí. Recuerdo que le molestaba cuando me dirigía a sus otros hijos como medios hermanos. Tal vez algunos de mis MEDIOS hermanos se encuentren aquí, pero no tengo idea de quiénes son. Ni siquiera conocí a mi abuela paterna, a pesar de que ostento el mismo nombre que ella.



Mi abuela materna quería que me nombraran Andrea, como su mamá, así hubiéramos compartido nombre y apellido: Andrea Ruiz. Mi padre no accedió a llamarme de ese modo, ya que tenía otra hija, igual que yo, fuera del matrimonio, con este nombre y no le pareció correcto que nos llamáramos igual. Fidelidad, eliminado de los rasgos de mi padre.


12:49 Y al parecer el párroco sí cumplió con realizar un sermón con mayor fluidez que mi discurso, del que sólo llevo una línea inicial: “Vive, para cuando tu cuerpo muera, tu alma sea recordada por tus buenas acciones”. Eso era lo que mi papá anhelaba, trascender. Ostentar logros relevantes que fueran motivo de conversación y fanfarronería. Pero esos éxitos sobresalientes nunca cruzaron la frontera de sus planes. Cuando no pensaba en vender fruta en la costa, era dedicarse a la distribución de electrodomésticos. La mayor parte del tiempo fue una constante de saltar de una idea a otra sin llegar a concretizar alguna. Una menos, determinación.


1:12 El párroco indica que la misa ha terminado. ¡¿Qué?! ¿Y el espacio prometido para leer mi discurso de despedida? Ese que no escribí, ya que en el último momento decidí que improvisar brindaría mayor emoción. Volteo y busco con la mirada al susodicho tío que me emocionó con la promesa de que durante cinco minutos el cuerpo presente no acapararía la atención. No lo encuentro. La gente sale. No me queda más remedio que unirme a la procesión que antecede el féretro en el pasillo de la iglesia.



Pienso en la decepción que mi padre sentirá por no escucharme, decepción post mortem. Iba a ser un buen discurso, sincero y espontáneo. Destacaría que el mayor ejemplo que recibí de mi padre es no ser igual a él. ¡Por supuesto que no lo soy! No busco ser el centro de atención, sí escribo, pero no por alardear de mis logros. Tampoco soy indisciplinada. Sí, tengo varios inicios de novelas, que seguramente serán un gran éxito, únicamente me hace falta tiempo. Y éstas son sólo coincidencias.


1:36 Llegamos al panteón. Camino al lado de un hombre que lleva de la mano a un niño con uniforme escolar. El niño levanta el rostro y dice algo que provoca una sonrisa al hombre. Al verlos, un recuerdo aparece en mi memoria. 


Aquel día él me visitó en la escuela en la hora de recreo. Pensé que se trataba de una broma, mi padre no era como los demás que asumen la responsabilidad de acudir a las reuniones escolares, mucho menos me visitaría para llevarme el almuerzo. Pero cuando llegué, ahí estaba, con su habitual camisa blanca y su pantalón café. Me vio, agitó la mano y yo corrí para acercarme. Me llevó una barra de chocolate. Charlamos con la reja de entrada separándonos. Ojalá esa reja metálica no se hubiera perpetuado por todo el tiempo que duró nuestra relación padre-hija, y hoy tuviera muchos recuerdos memorables como el de que aquel día, cuando dejamos de ser, por los treinta minutos del recreo, lo que éramos: él, un patán y yo la niña que siempre le tuvo miedo.


Ya no recuerdo el motivo de su visita o de qué hablamos. O tal vez es una imagen distorsionada de mi mente que busca un motivo para saberme amada por mi padre y hacer recíproco ese sentimiento.


1:59 El montículo de tierra en el sepulcro sigue creciendo. Algunas personas colocan flores encima y yo pongo el, ya marchito, ramo de rosas blancas que compré.


2:23 El intenso calor somete a los pocos que permanecemos en torno a su tumba. Hace cuarenta y dos minutos que la presencia de mi padre en este mundo terrenal ha concluido, trasciende al universo del olvido. Sólo perdura el desagradable aroma corporal que nos distinguía a mi padre y a mí.


 


RECUADRO


"Pienso en la decepción que mi padre sentirá por no escucharme, decepción post mortem. Iba a ser un buen discurso. Destacaría que el mayor ejemplo que recibí de mi padre es no ser igual a él. ¡Por supuesto que no lo soy!"   



 


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